Yo la amo más que tú

 

Yo la amo más que tú



Mis comienzos

 

Dicen que uno no entiende el amor hasta que lo ve convertido en una guerra silenciosa dentro de su propia casa. Yo lo aprendí tarde, cuando ya había elegido a quién defender y a quién traicionar.

En mi casa nunca faltó nada, excepto aquello que no podía comprarse. Había dinero, estudios, prestigio y silencios largos como pasillos oscuros. Desde niño aprendí que el amor podía estar presente en los retratos familiares y aun así no vivir dentro de la casa.

Toda mi vida he tenido lo que he querido. Mi familia, de altos recursos, nunca dudó en concederme mis deseos cuando los comunicaba. Pero con el tiempo entendí que aquella facilidad no era amor, sino una forma elegante de ausencia. Me daban cosas para no tener que darse ellos. Mi mamá, una abogada criminalista que pronto se convertirá en asistente de fiscalía, pasaba sus días entre vistas judiciales y juicios. A veces nos veíamos en las mañanas, ella encerrada en su gimnasio casero, intentando pelear contra el paso de los años y los efectos de la gravedad en su cuerpo. En sus tiempos libres, se refugiaba en algún club de socios, alimentando ese deseo infinito de ser admirada por todos, menos por quienes la esperábamos en casa.

Mi papá, un hombre de muy pocas palabras, llevaba en los ojos una tristeza que parecía no pertenecerle del todo. Era la mirada de alguien rodeado de personas y, aun así, completamente solo; la mirada de quien siempre estaba calculando cuánto faltaba para poder salir corriendo y no regresar jamás. Era psicólogo de adolescentes. A veces creo que ese era su intento desesperado de rescatar a otros jóvenes de la adultez que a él ya lo había devorado. Tal vez quería advertirles que permanecieran inocentes todo el tiempo posible, que no aceleraran el paso del tiempo, porque el tiempo no perdona a nadie y tarde o temprano cobra con intereses los errores cometidos cuando uno todavía no sabe quién es. Su horario de trabajo no era tan exigente; sin embargo, siempre encontraba una excusa para permanecer fuera de casa. Regresaba solo a la hora de dormir, como si su única obligación como padre y esposo fuera demostrar, con su presencia nocturna, que todavía no nos había abandonado por completo.

               Mis padres se casaron muy jóvenes. Mi papá en su último año de su carrera, con unos deseos interminables de trabajar con los niños y ayudarles a manejar sus emociones en un mundo que apenas empezaba a reconocer la psicología como una ciencia y no nada más como una excusa al mal comportamiento de algunos. Para esos tiempos vivía la vida como todo un Casanova, de fiesta en fiesta disfrutando de los años que pronto se irían y nunca más regresarían. Tenía intenciones de conocer a una chica, incluso casarse y crear una familia, pero no ahora. Ahora, había que disfrutar de su libertad, de su juventud. Era tiempo de correr, reír, bailar y amar a todas sin comprometer a nadie.

Ella estaba en su segundo año de la escuela de leyes y con un futuro fríamente calculado y altamente planeado para triunfar. El éxito de su carrera la llevaría a conocer a un alto funcionario del gobierno y juntos formarían una pareja de la alta sociedad que todos conocerían como uno de esos matrimonios poderosos que tienen la capacidad de influenciar leyes, dictar futuros y manejar todo a su antojo. Sus días se componían de asistir a sus numerosas clases y de sus tardes de estudio y preparación. Sus noches, si le quedaban energías, salía al cine con alguna que otra compañera de la universidad, pero nunca se le conoció por asistir a fiestas, ni mucho menos a reuniones sociales de la universidad. Su tiempo no lo permitía, ni ella quería ser distraída por el sinnúmero de pasatiempos que pueden encontrarse en esos eventos. Sin embargo, una noche cedió ante la insistencia de sus amigas, y accedió a acompañarlas por un rato. Fue allí donde conoció a quien se convertiría en su esposo y luego mi padre.

Una cosa cedió a otra y al final de la noche ambos estuvieron de acuerdo en verse de nuevo. Los próximos cuatro meses estarían llenos de risas, salidas espontáneas y besos y caricias que parecían cada día cargar más sus corazones de amor y sus cuerpos de pasión. Cada cual hizo como pudo para continuar cumpliendo con sus responsabilidades académicas, pero pronto se hizo obvio que el poco tiempo libre en el que ambos coincidían se ocuparía en dar libertad a esa pasión que los arropaba. Con el vaivén de sus cuerpos entraban sábanas y los besos conocidos sobre sus cuerpos pasaban los días, las semanas y perdiendo la noción del tiempo, de sus planes, de sus futuros. Todo hasta que una visita que usualmente llegaba fielmente todos los meses una vez no lo hizo. Entonces el pánico reemplazó el amor, la ansiedad por lo que sería de ellos ahogó la pasión y ahora les tocaba comprobar lo que ya ambos sabían en lo profundo de sus corazones. Sus futuros incluirían a una tercera persona. Un fruto del amor y los días llenos de pasión.  

Su matrimonio se concretó rápido, pues no había mucho tiempo para planes y cambios de padecer. Ambos continuarían en la universidad; afortunadamente, el bebé tendría su comienzo para el verano después de que él terminara sus estudios. Ella se tomaría el verano para dar la bienvenida al retoño de lo que alguna vez fue un amor marcado por la pasión, pero ahora estaba marcado por el compromiso y la obligación. En el otoño regresaría a clases y él viviría una vida de padre soltero, con esposa ausente, por los próximos dos años.

Finalmente, mi mamá terminó sus estudios, pero nunca terminó de entrar en el papel de madre. Cuando completó los requisitos necesarios, recibió una oferta de trabajo en un bufete de abogados de alto prestigio. Ya no eran los estudios los que la alejaban de mí; ahora eran sus clientes, sus socios y su obsesión por convertirse en fiscal de distrito. Mi papá, por su parte, cumplía sus sueños a medias para poder sostener el papel de padre de la mejor manera que entendía. Pero el resentimiento vivía con nosotros. Estaba en la forma en que ella miraba hacia el futuro, que decía haber perdido por culpa de una familia que nunca estuvo en sus planes. Estaba en la forma en que él me veía a mí: como el obstáculo no deseado entre la libertad que siempre deseó y el mundo restringido de horarios de escuela, clases de natación, citas médicas y todo lo que implica cuidar de alguien que depende totalmente de ti.

Por eso supe desde muy temprano que jamás me permitiría dejarme arrastrar por la pasión como ellos lo hicieron alguna vez. Aprendí que mis emociones debían permanecer bajo llave, obedientes, quietas, lejos de cualquier impulso capaz de destruirme. No traería a nadie al mundo para condenarlo a esa misma hambre que yo conocía tan bien: la necesidad de ser amado, deseado, elegido sin dudas. Yo esperaría. Esperaría hasta encontrar a la persona correcta, esa que me amara sin condiciones ni reservas; alguien capaz de cuidar de mí y a quien yo pudiera cuidar, proteger y mimar hasta que no le quedara espacio para dudar de mi amor. Entonces les demostraría a mis padres lo que era el amor verdadero. Les demostraría que amar bien valía mil veces más que una carrera exitosa o una libertad vivida sin medida. Y si era necesario, haría que el mundo entero lo entendiera también.

Entonces la conocí a ella 
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