Yo
la amo más que tú
Mis comienzos
Dicen que uno no entiende el amor hasta que lo ve convertido en una
guerra silenciosa dentro de su propia casa. Yo lo aprendí tarde, cuando ya
había elegido a quién defender y a quién traicionar.
En mi casa nunca faltó nada, excepto aquello que no podía comprarse.
Había dinero, estudios, prestigio y silencios largos como pasillos oscuros.
Desde niño aprendí que el amor podía estar presente en los retratos familiares
y aun así no vivir dentro de la casa.
Toda mi vida he tenido lo que he querido. Mi familia, de altos recursos,
nunca dudó en concederme mis deseos cuando los comunicaba. Pero con el tiempo
entendí que aquella facilidad no era amor, sino una forma elegante de ausencia.
Me daban cosas para no tener que dárselas a ellos. Mi mamá, una abogada criminalista
que pronto se convertirá en asistente de fiscalía, pasaba sus días entre vistas
judiciales y juicios. A veces nos veíamos en las mañanas, ella encerrada en su
gimnasio casero, intentando pelear contra el paso de los años y los efectos de
la gravedad en su cuerpo. En sus tiempos libres, se refugiaba en algún club de
socios, alimentando ese deseo infinito de ser admirada por todos, menos por
quienes la esperábamos en casa.
Mi papá, un hombre de muy pocas palabras, llevaba en los ojos una
tristeza que parecía no pertenecerle del todo. Era la mirada de alguien rodeado
de personas y, aun así, completamente solo; la mirada de quien siempre estaba
calculando cuánto faltaba para poder salir corriendo y no regresar jamás. Era
psicólogo de adolescentes. A veces creo que ese era su intento desesperado de
rescatar a otros jóvenes de la adultez que a él ya lo había devorado. Tal vez
quería advertirles que permanecieran inocentes todo el tiempo posible, que no
aceleraran el paso del tiempo, porque el tiempo no perdona a nadie y tarde o
temprano cobra con intereses los errores cometidos cuando uno todavía no sabe
quién es. Su horario de trabajo no era tan exigente; sin embargo, siempre encontraba
una excusa para permanecer fuera de casa. Regresaba solo a la hora de dormir,
como si su única obligación como padre y esposo fuera demostrar, con su
presencia nocturna, que todavía no nos había abandonado por completo.
Mis padres se casaron muy
jóvenes. Mi papá en su último año de su carrera, con unos deseos interminables
de trabajar con los niños y ayudarles a manejar sus emociones en un mundo que
apenas empezaba a reconocer la psicología como una ciencia y no nada más como
una excusa al mal comportamiento de algunos. Para esos tiempos vivía la vida
como todo un Casanova, de fiesta en fiesta disfrutando de los años que pronto
se irían y nunca más regresarían. Tenía intenciones de conocer a una chica,
incluso casarse y crear una familia, pero no muy temprano. Por esos tiempos, prefería, disfrutar
de su libertad, de su juventud. Era tiempo de correr, reír, bailar y amar a
todas sin comprometer a nadie.
Ella estaba en su segundo año de la escuela de leyes y con un futuro
fríamente calculado y altamente planeado para triunfar. El éxito de su carrera
la llevaría a conocer a un alto funcionario del gobierno y juntos formarían una
pareja de la alta sociedad que todos conocerían como uno de esos matrimonios
poderosos que tienen la capacidad de influenciar leyes, dictar futuros y manejar
todo a su antojo. Sus días se componían de asistir a sus numerosas clases y de
sus tardes de estudio y preparación. Sus noches, si le quedaban energías, salía
al cine con alguna que otra compañera de la universidad, pero nunca se le
conoció por asistir a fiestas, ni mucho menos a reuniones sociales de la
universidad. Su tiempo no lo permitía, ni ella quería ser distraída por el sinnúmero
de pasatiempos que pueden encontrarse en esos eventos. Sin embargo, una noche
cedió ante la insistencia de sus amigas y accedió a acompañarlas por un rato.
Fue allí donde conoció a quien se convertiría en su esposo y luego mi padre.
Una cosa cedió a otra y al final de la noche ambos estuvieron de acuerdo
en verse de nuevo. Los próximos cuatro meses estarían llenos de risas, salidas espontáneas
y besos y caricias que parecían cada día cargar más sus corazones de amor y sus
cuerpos de pasión. Cada cual hizo como pudo para continuar cumpliendo con sus
responsabilidades académicas, pero pronto se hizo obvio que el poco tiempo libre
en el que ambos coincidían se ocuparía en dar libertad a esa pasión que los
arropaba. Con el vaivén de sus cuerpos entraban sábanas y los besos conocidos
sobre sus cuerpos pasaban los días, las semanas y perdían la noción del
tiempo, de sus planes, de sus futuros. Todo hasta que una visita que usualmente
llegaba fielmente todos los meses una vez no lo hizo. Entonces el pánico reemplazó
el amor, la ansiedad por lo que sería de ellos ahogó la pasión y ahora les
tocaba comprobar lo que ya ambos sabían en lo profundo de sus corazones. Sus
futuros incluirían a una tercera persona. Un fruto del amor y los días llenos
de pasión.
Su matrimonio se concretó rápido, pues no había mucho tiempo para planes
y cambios de padecer. Ambos continuarían en la universidad; afortunadamente, el
bebé tendría su comienzo para el verano después de que él terminara sus
estudios. Ella se tomaría el verano para dar la bienvenida al retoño de lo que
alguna vez fue un amor marcado por la pasión, pero ahora estaba marcado por el
compromiso y la obligación. En el otoño regresaría a clases y él viviría una
vida de padre soltero, con esposa ausente, por los próximos dos años.
Finalmente, mi mamá terminó sus estudios, pero nunca terminó de entrar
en el papel de madre. Cuando completó los requisitos necesarios, recibió una
oferta de trabajo en un bufete de abogados de alto prestigio. Ya no eran los
estudios los que la alejaban de mí; ahora eran sus clientes, sus socios y su
obsesión por convertirse en fiscal de distrito. Mi papá, por su parte, cumplía
sus sueños a medias para poder sostener el papel de padre de la mejor manera
que entendía. Pero el resentimiento vivía con nosotros. Estaba en la forma en
que ella miraba hacia el futuro, que decía haber perdido por culpa de una
familia que nunca estuvo en sus planes. Estaba en la forma en que él me veía a
mí: como el obstáculo no deseado entre la libertad que siempre deseó y el mundo
restringido de horarios de escuela, clases de natación, citas médicas y todo lo
que implica cuidar de alguien que depende totalmente de ti.
Por eso supe desde muy temprano que jamás me permitiría dejarme
arrastrar por la pasión como ellos lo hicieron alguna vez. Aprendí que mis
emociones debían permanecer bajo llave, obedientes, quietas, lejos de cualquier
impulso capaz de destruirme. No traería a nadie al mundo para condenarlo a esa
misma hambre que yo conocía tan bien: la necesidad de ser amado, deseado,
elegido sin dudas. Yo esperaría. Esperaría hasta encontrar a la persona
correcta, esa que me amara sin condiciones ni reservas; alguien capaz de cuidar
de mí y a quien yo pudiera cuidar, proteger y mimar hasta que no le quedara
espacio para dudar de mi amor. Entonces les demostraría a mis padres lo que era
el amor verdadero. Les demostraría que amar bien valía mil veces más que una
carrera exitosa o una libertad vivida sin medida. Y si era necesario, haría que
el mundo entero lo entendiera también.
Entonces la conocí a ella
No sabía entonces que una promesa hecha desde el dolor puede parecerse
demasiado a una condena. Tampoco sabía que, cuando uno crece mendigando amor,
puede confundir la devoción con la necesidad y la entrega con la posesión.
En contra de los deseos de mi
madre, que siempre habló de que me convirtiera en abogado como ella, me
convertí en un arquitecto. Mis deseos eran construir casas para que las
familias vivieran la felicidad que yo nunca tuve.
Afortunadamente, mi primera
oferta de trabajo llegó poco después de mi graduación y justo como yo lo
anhelaba, estaba lejos de la ciudad donde vivían mis padres. Finalmente, llegó
la hora de soltar mis culpas por robarles sus futuros tan soñados y perseguir
el mío.
Cuando llegué a New Hope,
Pennsylvania, no lo hice pensando en otra cosa más que aprender a vivir solo,
con mis sueños y mis demonios de mi infancia, y diseñar las casas que alguna
vez serían ocupadas por unas familias que compartirían recuerdos y crearían
memorias, las memorias que yo nunca tuve la oportunidad de crear.
Llegué en el mes de septiembre y
para ese tiempo el pueblo estaba vestido de unos colores increíbles. Las hojas
de los árboles caían sobre el suelo; como muchas noches, cayeron mis lágrimas
sobre la almohada. Llenas de sueños trochados, cargadas de energía, coloridas
por el paso del verano y con un último intento de dejar su rastro en la vida
marcado por la soledad y la luz de un nuevo día. Nunca había visto algo así; la
naturaleza también sufría y les gritaba a todos su dolor sin que nadie le
ayudara. Muy pronto me di la tarea de, en mi tiempo libre, pasearme por los
parques y tratar de capturar en fotos los cambios de la naturaleza que parecían aceleradamente recordarme que el tiempo no perdona y a nadie libra de su
paso.
En una de esas tardes donde la
temperatura parecía bajar más con cada paso que daba por el parque en busca del
mejor ángulo de cada árbol, noté una cafetería en la esquina. Anunciaban un
delicioso chocolate caliente con sabor a calabaza o manzana y unas tostadas con
mantequilla, y aunque nunca había probado la combinación de las dos, parecía
que mis huesos fríos y mis piernas ya próximas a congelarse me guiaron casi sin
darme cuenta. Una vez adentro, entendí
que, juzgando por la línea frente a la cajera de pedidos, este debía ser
verdaderamente un delicioso chocolate caliente.

La cafetería, Lucy’s coffee Shop,
era pequeña, pero popular. Con una vitrina repleta de dulces horneados, perfectos
para acompañar un café en una tarde de otoño. Dos mesas en cada lado de la
línea para ordenar y una sola puerta de entrada y salida eran todo con lo que
contaba esta cafetería. Eso y una larga línea de personas para ordenar que,
para mi sorpresa, parecían tener la paciencia de ángeles. Solo dos personas más y finalmente es mi
turno. No sería tan lento el servicio si tuvieran más personal atendiendo,
pensé. Pero ¿y dónde? Volví a pensar cuando me di cuenta de que el espacio no
permitía más de dos personas detrás del mostrador. Volteando para ver de qué
manera pudiera alguien sacarle más provecho a un espacio tan pequeño, mis
pensamientos fueron interrumpidos.
Buenas tardes, ¿qué
le puedo ofrecer esta tarde? Entonces la vi. Y por un instante todo el ruido de
la cafetería desapareció, como si alguien hubiera cerrado una puerta entre el
mundo y mí. Era la mujer más bella que se había cruzado en mi camino. Mayor que
yo, seguramente, tal vez por unos diez años, pero eso no importó. Era rubia,
con el pelo rizado y corto, cortado de una forma asimétrica que daba la
impresión de que su cabeza se inclinaba suavemente hacia un lado aun cuando no lo
hacía. Sus ojos claros, escondidos detrás de unos espejuelos, parecían tener la
capacidad de atravesar cualquier defensa y llegar directo a lugares que yo
llevaba años tratando de mantener cerrados. Sus labios parecían incapaces de
unirse, como si sonreír fuera para ella una forma natural de existir. Y yo, que
había pasado la vida entrenándome para controlar lo que sentía, entendí en ese
momento que todo mi control podía romperse con una sola mirada.
¿Caballero, le puedo ayudar en
algo? Ante la insistencia de la cajera, recordé por qué estaba allí y pedí mi
orden. Una vez presentada mi orden,
tendría que esperar a que la prepararan, y pensé en que con gusto esperaría una
eternidad si en ese tiempo me permitieran seguir mirando aquella obra de arte
que seguramente Dios esculpió con todo su cuidado. “Zuly”, escuché llamar a la
cajera, y ahí estaba ella, levantándose de la silla para aproximarse al
mostrador y recoger su orden. Zuly, su
nombre es Zuly, me dije, queriendo que saliera mi orden igual de rápido para
poderla acompañar hasta la puerta, siquiera. “Alex”, escuché; finalmente, mi
orden estaba lista. Para cuando llegué a la puerta, ya ella había cruzado por
ella y, para mi desgracia, se había desaparecido entre la multitud de la tarde.
Esa noche no dormí; me acosté a inventarme una vida con Zuly. Me permití
creer en el amor a primera vista, aunque en el fondo tal vez no era amor, sino
hambre, una necesidad antigua despertando con otro nombre. Imagínese las miles de
maneras en que podía hacerla feliz. Imaginé su risa dentro de una casa diseñada
por mí, sus manos sobre una mesa de cocina, su voz llamándome como si yo fuera
indispensable. Por primera vez, amar a alguien no me pareció un sueño lejano,
sino una misión. Desperté decidido a volver a esa cafetería cuantas veces fuera
necesario hasta verla otra vez.
Un reencuentro inesperado
A la mañana siguiente, de camino al despacho, volví a
pasar por la cafetería. Con cada paso hacia aquella esquina, el corazón se me
aceleraba, y dentro de mí se levantaban oraciones torpes, desesperadas,
dirigidas a un cielo que ni siquiera sabía si me escuchaba. Necesitaba que el
universo entero se confabulara a mi favor y me regalara, aunque fuera por unos
segundos, la oportunidad de volver a verla. Pero nada. Al entrar, busqué su
rostro entre las mesas, junto al mostrador, en cada rincón posible. No había
rastro de Zuly. Pedí un chocolate caliente, más por costumbre que por deseo, y
seguí hacia la oficina con la misma esperanza rota con la que había entrado.
De camino a mi oficina, noté algunos rostros nuevos en
los pasillos, aunque apenas les presté atención. Mi mente seguía atrapada en
aquella vida imaginaria que había empezado a construir alrededor de Zuly, como
si el simple hecho de pensarla pudiera acercármela otra vez. Ya sentado en mi
escritorio, Ricky, mi asistente, entró para avisarme que Bob, mi jefe, había
pedido a todos que se reunieran en el salón de conferencias a las 9:00 a. m.
Para un anuncio importante. Por un segundo dudé en asistir. Todavía cargaba la
decepción de no haberla encontrado en la cafetería, y cualquier obligación del
mundo real me parecía una interrupción cruel. Pero no tenía una excusa
convincente para evitar la reunión, así que acepté que tuviera que ir. Mientras
llegaba la hora, me puse a leer y responder algunos correos electrónicos, con
la esperanza de adelantar trabajo o quizá comunicarme con algún cliente antes
de enfrentar aquello que, en ese momento, me importaba tan poco.
Justo cuando estaba a punto de terminar una llamada
con un cliente, Ricky volvió a aparecer en la puerta para recordarme que ya era
hora de dirigirnos al salón de conferencias. Mientras caminábamos, empecé a
pensar en alguna manera de pedirle que me rescatara de la reunión si se
extendía demasiado; cualquier excusa me parecía mejor que quedarme atrapado
allí, fingiendo interés. Entonces, al pasar frente a los cristales del salón,
la vi. Allí estaba ella. Zuly. En el mismo lugar al que yo entraba casi por obligación,
sentada junto a dos caballeros que no recordaba haber visto antes.
Ricky, dije. ¿Quiénes son? Ni idea, me respondió Ricky. Creo que estamos
a punto de averiguarlo —siguió— mientras abría la puerta al salón de
conferencias y me apuntaba con la mano, dándome el paso para entrar.
Buenos días, dije a todos, aunque sin quitarle los ojos de encima a
ella.
Creo que oí un coro de respuestas a mi saludo, pero no tenía idea de lo
que sucedía a mi alrededor mientras mi mirada continuaba fijada en ella y mi
mente vagaba por un futuro que ya estaba trazado hasta el punto en el que la
muerte nos separaba.
Me procedía a presentarme justo cuando mi jefe Bob entró al salón y dio
comienzo a la reunión.
Los he reunido aquí hoy para presentarles nuestro nuevo proyecto", dijo
Bob.
Se trata de un nuevo hotel en las afueras de la ciudad —explicó Bob—.
Tendrá cuatro pisos y cuarenta habitaciones. Queremos que sea mucho más que un
lugar de hospedaje: la idea es convertirlo en un punto de referencia para
conferencias, actividades profesionales y retiros religiosos.
—Alex,
cuento contigo como arquitecto principal del proyecto —dijo Bob—. Te presento a
José, el maestro de obra que estará a cargo de la construcción. Y él es Luis,
quien dirigirá el equipo de diseño.
Bob señaló al hombre sentado al otro lado de Zuly. Yo estreché manos,
respondí saludos y asentí con la cabeza como si estuviera presente, aunque en
realidad apenas escuchaba. Todo mi mundo se había reducido al espacio que ella
ocupaba en aquella mesa.
Entonces Bob se volvió hacia ella.
—Y ella es Zuly, la encargada de coordinar el proyecto.
Extendí la mano hacia ella, y cuando Zuly tomó la mía, sentí que todo
cuanto había vivido hasta entonces se detenía para abrirle paso a ese instante.
No fue solo el roce de su piel ni la suavidad de sus dedos; fue la certeza
inexplicable de que mi mundo, hasta entonces construido con ausencias, acababa
de encontrar un lugar donde quedarse. No sabía nada de ella, y quizás por eso
mi corazón se atrevió a imaginarlo todo: sus mañanas, sus tristezas, la forma
en que sonreiría cuando nadie la estuviera mirando. Mientras su mano descansaba
en la mía, entendí que había personas que llegan sin avisar y, aun así, parecen
haber sido esperadas toda la vida. Cuando la solté, ya no era el mismo. Algo de
mí se había quedado con ella.
Es un placer, Señorita Zuly; solo alcancé a poder decir entre sueños y
suspiros entre mí.
Señora, y el placer es mío», respondió ella.
Y así solamente mi mundo forjado por la imaginación parecía desmoronarse.
Sabía que era mayor; estaba seguro de que tenía algunos años, incluso, pero nunca
pensé si estaba o no casada.
¿Disculpe? Pregunte, en caso de haber escuchado mal, o quizás ella está
refiriéndose a otra cosa. Fue cuando entonces lo repitió.
Señora, pues soy casada y dije que el gusto es mío.
A partir de ese momento creo que se discutieron planos del proyecto,
quizás fechas importantes. Pero yo no escuchaba nada. Seguía soñando con una
vida que ahora parecía imposible. Aun así, allí permanecimos mientras ella
detallaba paso por paso, fecha por fecha, todos los puntos clave del proyecto más
importante de mi vida profesional y yo seguía sin la capacidad de poderme
concentrar. Así pasaron los minutos que para mí parecían minutos escuchando su
voz, pero aparentemente fueron horas, pues Bob anunció la hora del almuerzo.
Nos ordenó tomar un receso y regresar en una hora para continuar.
Nos procedíamos a salir del salón de conferencias cuando noté que ella
permanecía en él.
¿No sales a almorzar? Pregunté, insistiéndole en que, de no hacerlo, la
tarde sería mucho más larga que lo acostumbrado con un estómago vacío.
No conozco esta zona, así que creo que esperaré a llegar a casa esta
noche y cenar, me contestó ella.
Ni se diga, le insistí. Te invito a un pequeño restaurante cerca de aquí
que creo que te va a gustar.
Ella accedió y habría
invertido todo lo que poseía para que esa hora nunca terminara.
Zuly vivía con su familia a unas horas al norte de nuestra oficina. Por
la duración de este proyecto, se hospedaría en uno de los hoteles de la zona y
estaría viajando los fines de semana para estar con su familia. Sus dos hijas, ya adolescentes, permanecerían bajo el cuidado de su esposo, aunque Zuly aseguró
que sus hijas, ya independientes, se cuidaban solas. Incluso creí sentir el
resentimiento en su voz cuando me aseguraba de que, aun a casi tres horas de
distancia, podría asegurar que ella estaba más pendiente de las chicas que de su
esposo, Carlos, que siempre parece vivir en su mundo aparte, me afirmaba.
Igual que para mí, este proyecto, de ser exitoso, era de gran
importancia para la carrera profesional de Zuly, y era importante para ella que
todo saliera bien, pues de eso parecía depender su futuro.
Entonces, me pregunto, ¿y tú? ¿Qué hay de ti?
¿Yo? ¿Qué hay de mí? Nada —respondí.
No es justo, insistió ella, y supe que tendría que contarle algo de mí si
quería que siguiéramos hablando.
Le conté lo menos que pude de mi infancia y resumí de la manera más
pronta posible cómo había terminado en New Hope, sin ganas absolutas de volver
jamás al lugar donde nací y me crié.
Ese sería el primero de muchos almuerzos juntos. Algunos acompañados de
otros compañeros, otros no, pero siempre terminando cada uno con más ganas de
seguir hablando, con más preguntas que respuestas y con esa sensación extraña
de que, sin darnos cuenta, estábamos construyendo algo que ninguno de los dos
se atrevía todavía a nombrar.
Sin darnos cuenta, aquellos almuerzos empezaron a convertirse en el
lugar donde mi vida y la suya se acercaban, despacio, como si algo inevitable
estuviera aprendiendo a nacer entre nosotros.
Casi sin darnos cuenta, pasaron los primeros meses y un lunes Zuly no llegó
al despacho.
Una llamada atrevida

Le pregunté a Ricky si sabía algo de ella y me indicó que, aunque no
tenía conocimiento, podría preguntarle a Maritza, la asistente de Bob, y me
avisaría. Esa misma tarde, Ricky se procedía a despedir mientras yo permanecía
terminando unos planos en mi oficina, cuando le insistí en saber si había
averiguado algo. Fue cuando me informó que, según Maritza, a Zuly se le había
presentado un inconveniente a nivel personal y no podría presentarse a trabajar
en la oficina, pero estaría accesible remotamente. Perfecto, pensé. Necesito
sus datos para contactarla, ya que tengo una información importante que
compartirle. Ricky me recordó que podría contactarla en su correo electrónico y
que incluso su número de celular corporativo estaba en la parte posterior de su
firma electrónica. ¡Qué tonto! Pensé. Tienes razón, le dije. Y tan pronto como
salió de mi oficina le escribí un correo preguntándole si todo estaba bien.
Esperé unos minutos su respuesta y, ante mi falta de paciencia, procedí
a llamarla al número que ella siempre incluía en su firma electrónica.
Respondió casi inmediatamente. Tan pronto como no me dejó anticipar bien qué
excusa pondría para llamarla a esta hora. Después de todo, eran pasadas las 5p.m.
y mi preocupación no tenía nada que ver con el trabajo.
Bueno – la escuché repetir.
Zuly, te habla Alex. ¿Cómo estás? Le pregunté y, mientras decidía qué excusa
usaría, opté por la verdad. No te vi hoy en la oficina y decidí enviarte un correo
electrónico, pero como ya es tarde, quería asegurarme de que todo está bien
antes de que salga de la oficina. Continúe. Y esperé en silencio su respuesta.
Hola, Alex. Estoy bien. Solo que se me presentó una situación inesperada
y no puedo hacer el viaje a New Hope. Estaré completando las responsabilidades
del proyecto remotamente por el momento y espero poder resolver todo para poder
presentarme el lunes y seguir todo como previsto anteriormente. Continuaba
ella, mientras yo pensaba que posiblemente podría haber sido lo que le
impidiera presentarse en persona, pero le permitiera continuar trabajando
remotamente, sin sonar muy intruso, le pregunté si las niñas estaban bien.
Sí, las niñas están bien gracias a Dios. Continúa ella, pero todavía sin
concretar la razón por la que no se podría presentar en New Hope.
—¿Hay algo en lo que pueda ayudarte? —Pregunté, aunque en realidad lo que
quería decir era que me había hecho falta—. Hoy almorcé solo y descubrí que la
comida sabe distinta cuando no estás al otro lado de la mesa. La oficina
también se sintió más fría, más grande, más vacía.
Respiré hondo, consciente de que tal vez estaba cruzando una línea que
debía respetar.
—Sé que quizá me estoy arriesgando más de lo prudente al decir esto,
pero no quería quedarme callado. Si algo te pasa, si algo te preocupa, quisiera
saberlo. No porque tenga derecho, sino porque me importas. Porque esos
mediodías contigo se han convertido, sin que yo lo planeara, en la parte del
día que más espero. Y no quería perder la oportunidad de decirte que tu
ausencia se nota... más de lo que debería.
Oí las palabras salir de mi boca y no sabía de dónde salía la valentía
para pronunciarlas. Esperé una respuesta por lo que me pareció una eternidad.
—Gracias, Alex. Finalmente dijo. Me alegra que alguien se alegre de mi
existencia, pero tengo que recordarte que yo soy una mujer casada y con dos
hijas que ocupan todo el tiempo y la energía que me restan.
—Sí, claro. Dije entre alivios y suspiros por haber acumulado la valentía y el
coraje de decirle lo que tanto me cargaba el corazón. Pero también lleno de
alivio, sabiendo que mi atrevida hazaña no me había costado su amistad. —No
quise faltarte el respeto, simplemente te considero una buena amiga y no me
perdonaría que necesitaras algo y, pudiendo ayudarte, no lo hiciera. ¿Entonces,
cómo te ayudo para que regreses pronto? -Continue.
—Gracias de nuevo, Alex. Mi situación es complicada. Finalmente me dijo.
Carlos, mi esposo se fue de rumba durante el fin de semana y se accidentó en mi
carro. Es mi única forma de poder llegar a New Hope.
—Oh, interrumpí. Espero que esté bien.
Sí, sí. Carlos está bien. Ella me dijo y creí escuchar decepción en su
respuesta, o posiblemente quise escuchar la decepción en ella.
—El problema es que ahora no tengo cómo llegar a New Hope. Por el
momento espero que la aseguranza decida si va a reparar o no mi carro, y poder
decidir qué debo hacer, pero mientras tanto debo esperar. Me explicaba ella y
podía sentir una mezcla de frustración y desesperación en su voz.
—¿Y por qué no rentas un carro por el momento? Le dije, queriendo servir
de ayuda ofreciendo una alternativa que no sé por qué creí que ella no hubiera
ya considerado.
—Quisiera, pero no puedo. Mi situación económica no es óptima y mis
tarjetas de crédito están restringidas debido a las prácticas desenfrenadas de
mi esposo, quien cobra como cocinero y quiere vivir como millonario. Resulta
que para rentar un carro debes tener una tarjeta de crédito válida.
Y ahí estaba, definitivamente, en sus palabras había resentimiento y
hasta me atrevería a jurar que había rencor. Pensaba mientras ella continuaba. —Créeme,
he intentado de todo y espero en los próximos días intentar lo que no he
considerado porque la verdad es que no puedo perder este trabajo, Alex.
— ¡Oh, wow! Lo siento. Déjame rentarte un carro. Yo tengo tarjeta de
crédito. Dije casi sin pensarlo.
—No. Alex. No podría aceptar que hicieras ese sacrificio. Además,
estamos a casi 3 horas de distancia. Me
daría vergüenza ponerte en esa situación. Me dijo.
—Para nada. No sería ningún sacrificio
—le aseguré, más rápido de lo que tal vez debía—. Si te parece bien, puedo ir a buscarte. Al final de la semana, cuando tengas que regresar, pasamos por tu carro o resolvemos lo que
haga falta. Así puedes volver a casa con
Carlos y las niñas el fin de semana, como acostumbras.
Su silencio me indicaba que lo estaba pensando o al menos dudando. Eso significaba
que podría ser que tuviera la oportunidad de ayudarla. Ayudarla en una
situación de frustración que había creado su esposo.
—Bueno, está bien. Pero por el momento creo que debemos esperar al menos
hasta este fin de semana si te parece bien. Así, para el viernes tengo idea de
que va a decidir la aseguranza y podremos determinar por cuánto tiempo rentar
el carro. ¿Ah, y Alex?
—¿Si? Pregunté con una sonrisa de oreja a oreja.
—El costo de rentar el carro es un préstamo. Te lo devolveré en cuanto
la aseguranza me pague por el carro. Si no es así, no puedo acceder. Espero que
entiendas que para mí, como mujer casada, aceptar recibir favores de un
compañero de trabajo soltero es comprometedor. Si bien es cierto que Carlos y
yo no estamos en nuestro mejor momento, yo no soy de esas mujeres. Además,
tengo dos señoritas en casa a las que darles un ejemplo de ser una mujer luchadora,
honrada y respetable. Por más que Carlos haga de las suyas, mientras sigamos
casados, siempre podrá contar con que yo lo respete tanto dentro como fuera del
hogar. Necesito que eso quede claro entre nosotros.
Escuchar sus palabras fue como recibir un balde de agua fría, inesperado
y necesario. No porque yo hubiera soñado, ni por un segundo, que Zuly olvidaría
que era una mujer casada y se permitiría vivir una aventura conmigo. No. Yo ya
me había conformado con mucho menos: con escucharla hablar de su familia, con
verla sonreír durante una hora al mediodía, cinco veces por semana si la vida
se dignaba a concedérmelo. Incluso empezaba a resignarme a la idea de que, si
algún día me casaba, no sería con ella.
Pero en ese momento todo cambió.
Sus palabras, lejos de alejarme, me acercaron más. ¿Cómo podía una mujer
que había sido aparentemente herida, descuidada y maltratada por quien había
jurado amarla y cuidarla seguir dispuesta a respetarlo y honrarlo? ¿Cómo podía
conservar tanta dignidad en medio de una humillación que no había provocado?
Cada día me convencía más de que Zuly no era solamente la mujer más
bella que se había cruzado en mi camino. Era también la más honrada, la más
íntegra, la más digna de mi admiración. Y tal vez eso era lo más peligroso de
todo: que ya no la deseaba solo por lo que despertaba en mí, sino por la clase
de mujer que era aun cuando nadie la estaba mirando.
—
Por supuesto, Zuly. Le alcancé a decir. Por mi parte,
nunca te faltaría el respeto ni haría nada que te hiciera sentir mal. Estoy
aquí para lo que necesites. Avísame antes del viernes y finalizamos los planes
si todavía te parece.
—
Muchas gracias una vez más, Alex. En realidad, te
agradezco mucho. Que descanses.
—
Igual a ti, buenas noches. Conteste.
Y colgamos.
Como amante no, como amigo sí
Esa semana fue larga. Mis
horas de almuerzo se me hicieron una eternidad ante la ausencia de Zuly. La
verdad es que Zuly se había convertido en una parte importante de mi vida. Sin
darme cuenta, su presencia hacía mis días de trabajo más interesantes y mis
noches llenas de esperanza.
Sin duda, Zuly se me había
atravesado como una espada en el corazón. Solo había un problema. Zuly no nada más tiene marido; Zuly no tiene
intenciones de dejarlo ni, en sus propias palabras, faltarle el respeto.
Si quería que Zuly permaneciera
en mi vida, tendría que conformarme con ser su amigo. Al menos por ahora. Pero
entonces, casi sin buscarla, una idea se abrió paso en mi mente. Una idea
sencilla. Perfecta. Si funcionaba, tal vez Zuly comenzaría a mirarme de otra
manera. Tal vez dejaría de verme solo como un compañero de trabajo.
Zuly no pensaba dejar a Carlos.
Lo dijo con la misma dignidad con la que parecía cargar todas sus derrotas. Y
precisamente por eso me pareció todavía más admirable. Otra mujer habría usado
la decepción como excusa; ella, en cambio, insistía en respetar a un hombre que
no parecía saber cómo respetarla a ella.
Pero yo sí la veía. La
escuchaba. Notaba las pausas en su voz, el cansancio detrás de sus palabras,
esa manera de defender a Carlos como quien defiende una casa que se está
cayendo porque todavía vive dentro de ella.
Entonces comprendí que
no necesitaba convencerla de nada. Solo necesitaba convertirme en lo opuesto a
él. Si Carlos la hiciera sentirse sola, yo estaría presente. Si Carlos la
decepcionaba, yo cumpliría. Si Carlos rompía algo, yo lo arreglaría.
No sería el hombre que
destruyera su matrimonio.
Sería el hombre que
esperara entre los escombros.
Seguía pensando y
planeando cuando Ricky entró a mi oficina y me sorprendió.
_ Alex, tienes una llamada de Zuly en la línea
uno. Te recuerdo que en unos diez minutos debe estar llegando el cliente del
que te hablé esta mañana, así que no te demores.
-Si, claro. Gracias, Ricky. Dije mientras levantaba el teléfono y
apretaba el botón de la línea uno.
_ Saludos, Zuly. Qué bueno escuchar de ti, ¿cómo estás?
_Alex, estoy bien, gracias. Quería llamarte y avisarte de que la
aseguranza decidió que el carro se puede arreglar, pero se demorará unas
semanas en poder hacerlo. Entonces, si todavía estás dispuesto a hacerlo,
necesitaré tu ayuda.
Esas palabras sonaban
como música a mis oídos. Zuly me necesitaba. Ella quería que yo la ayudara, y
yo estaría ahí para ella las veces que fuera necesario.
—Por supuesto, dime, ¿cómo te puedo ayudar?
_ Necesitaría,
si es posible, que me pases a recoger el domingo y, si te parece bien, en la
semana rentamos el carro para cuando yo necesite regresar a casa.
—
Claro, le respondí. ¿A qué hora el domingo te parece que debo estar en tu casa? Y, Zuly, para confirmar, Carlos está al tanto de que yo
soy quien te buscará y traerá a New Hope, ¿correcto?
—
Sí, él sabe. Me respondió ella y, antes de que preguntara, ella continuó: a él no le molesta y, al contrario, ambos te
agradecemos por la ayuda.
—
Bien. Dije y pensé dentro de mí: ¿qué tipo de hombre
es Carlos? Qué hombre se va de rumba, deja a su esposa sin su único modo de
transportación adecuado y, para colmo, cuando otro hombre llega al rescate de
ella, se queda cómodo en casa sin problema alguno.
—
¿Segura? Insistí. Mira que yo no quiero causarte
ningún problema. A lo mejor había ironía en mis palabras, pero la verdad es que
quiero ser para ella una fuente de ayuda y descanso y no causarle más problemas de los que ya Carlos se está asegurando de hacer.
—
Segura. Cuando vengas el domingo, lo conocerás y te
darás cuenta de que así es. Me
respondió, nos despedimos y la llamada quedó suspendida en el silencio de mi
oficina como una confesión que nadie había hecho todavía.
Honestamente, no me
gustaba la idea de conocer a Carlos. Había algo incómodo, casi indecente, en
presentarme ante el hombre cuya ausencia me estaba abriendo espacio en la vida
de su esposa. No por Carlos, él no me importaba, sino por ella. Pero después de
pensarlo unos minutos, entendí que no había otra manera. Si quería estar cerca
de Zuly, también tendría que acercarme a la sombra que la mantenía atada. Ella
quería demostrarle a él que entre nosotros no había nada de qué preocuparse;
entonces yo le daría exactamente eso, tranquilidad. Confianza. La ilusión
perfecta de que yo era inofensivo.
Carlos
tendría que verme. Tendría que escuchar mi voz, estrechar mi mano, mirarme a
los ojos y convencerse de que yo no representaba ningún peligro. Zuly también
necesitaba creerlo. Necesitaba sentir que aceptar mi ayuda no era una traición,
sino una solución.
Y yo
podía darles eso.
Podía
ser cortés. Podía ser prudente. Podía parecer exactamente el tipo de hombre del
que nadie sospecha.
Ninguno
de los dos sabía que, para entonces, yo ya había dejado de improvisar. La ayuda
era solo la superficie. Debajo, algo más comenzaba a moverse con paciencia.
El
domingo conocería a Carlos. Entraría a su casa como un favor, como un amigo,
como el hombre amable que solo quería ayudar. Pero si mi idea salía como esperaba,
aunque ellos no lo supieran, ese día empezaría a cambiarlo todo.
Ese sábado estuvo cargado de emoción. Casi mi corazón no resiste tener
que esperar al domingo para ver a Zuly. No solo iba a verla, sino que tendría
la oportunidad de por primera vez compartir con ella, a solas, por casi tres
horas. Mas si ella me lo permitía.
Temprano el domingo emprendí el camino a su casa y una y otra vez repasé
en mi cabeza los temas de los que podríamos hablar. Tres horas parecen largas,
pero cuando estás con alguien a quien quieres impresionar no es mucho tiempo.
Después de todo, no tengo idea de cuándo pueda tener esta oportunidad otra vez.
¿En qué me enfoco? ¿Trato de sacarle más información sobre ella, su matrimonio,
su esposo? ¿Me enfoco en demostrarle cómo soy yo totalmente distinto al hombre
que tiene a su lado? Tendría solo tres horas para derribar las fortalezas
morales que ella había levantado alrededor de su corazón. Un corazón al que yo
quería llegar, al que yo necesitaba acceder.
Por supuesto, podría también hablarle de mí. Contarle mi historia. Contarle
de mis propias fortalezas que rodeaban un corazón que, hasta ese momento, había
sido incapaz de amar a nadie, por nunca haber recibido amor. Podría decirle que,
aunque mi vida parecía perfecta, estaba dispuesto a intercambiar mi perfección
y abundancia por ser parte de sus días de caos y escasez. Después de todo,
algún día tendría que decirle quién soy. ¿Qué esconde tanta perfección y qué
anhela alguien que aparenta tenerlo todo? Podría. Debería. Pero ese día no
podía ser hoy. Pensé mientras entraba a la marquesina de la dirección que me
había dado Zuly.

La de ella era una pequeña casa Lincoln victoriana blanca con una
pequeña marquesina y muy pocos vecinos a su alrededor, a las afueras de Rhode
Island. Mientras dudaba si era su casa, me imaginaba a Zuly y su familia
repartiendo dulces en las noches de brujas en ese amplio barcón. ¿Cuántas
tardes debió haberse sentado a tomar una taza de café con su esposo despidiendo
el sol una vez más? Casi brinco cuando ella golpea mi ventana.
Alex, ¿no vas a pasar? ¿Qué esperas tanto aquí? Me pregunto.
Disculpa, Zuly. Estaba asegurándome de que esta era la dirección
correcta. ¿Cómo estás? Le pregunté mientras pensaba y la admiraba.
Parecía imposible, pero se veía aún más hermosa de lo que recordaba.
Traía vaqueros azules con una blusa blanca que le resaltaba su juventud y
figura. Su cabello estaba recogido en una cola de caballo y traía unos aretes
que le resaltaban sus mejillas rojizas. Hasta ahora la había visto solo en ropa
profesional en la oficina y me parecía una injusticia sujetarla a esos
reglamentos que escondían su capacidad de ser jovial y brillante a la vez.
Bien, Alex, ¿qué tal el viaje? Me pregunto mientras yo me disponía a
bajarme del auto y ella me guiaba a entrar a su casa.
—Bien. Aburrido… pero no estuvo mal —respondí, aunque apenas escuché mi
propia voz.
Zuly abrió la puerta y entré detrás de ella con una cautela extraña,
como si estuviera cruzando una frontera que no me correspondía.
La casa era sencilla, sí, pero tenía algo que me desarmó de inmediato.
No era lujosa ni perfecta. No pretendía impresionar a nadie. Y quizá por eso
dolía más. Todo estaba en su lugar: los cojines acomodados sin rigidez, una
manta doblada sobre el sofá, unos zapatos pequeños cerca de la entrada, señales
discretas de una vida que se usaba, que se compartía, que respiraba.
La sala de entretenimiento no parecía una exhibición. Parecía haber
cumplido su propósito. Allí alguien se había sentado a reír, a discutir qué
película ver, a quedarse dormido con la televisión encendida. Allí la vida
había ocurrido.
Y eso me golpeó con una fuerza que no esperaba.
—¿Carlos? Niñas, bajen un minuto, por favor, ya me voy —llamó Zuly
mientras me guiaba hacia la cocina.
Su voz se movió por la casa con naturalidad, como si conociera cada
rincón, como si cada pared le respondiera. Yo la seguí en silencio, sintiéndome
de pronto demasiado grande, demasiado ajeno, demasiado consciente de que estaba
entrando en un mundo que ya existía sin mí.
Antes de llegar a la cocina pasamos por el comedor. Sobre la mesa
todavía quedaban señales del desayuno: una taza mal colocada, migajas cerca de
un plato, una servilleta olvidada junto a una silla. Nada extraordinario. Nada
digno de envidia, tal vez.
Pero yo me quedé mirando como si hubiera encontrado una escena
imposible.
Recordé entonces la mesa de comedor de mi casa. Grande. Costosa. Siempre
limpia. Siempre intacta. Una mesa hecha para recibir invitados, no una familia.
Una mesa que existía para demostrar que podíamos tenerlo todo, aunque nunca nos
sentáramos juntos.
También recordé nuestra sala de entretenimiento, con sus equipos caros,
sus muebles impecables, su silencio permanente. No recuerdo una película con
mamá. No recuerdo a papá riéndose a mi lado. No recuerdo una noche cualquiera
en la que alguien decidiera quedarse conmigo porque sí.
En mi casa había espacios para vivir, pero nadie vivía en ellos.
En la casa de Zuly, en cambio, hasta las migajas parecían pertenecer a
alguien.
—Sí, mamá. Se escuchó una voz a mis espaldas mientras entrábamos a la cocina.
Zully y yo nos volteábamos a ver de dónde salía la voz cuando oí a Zully responder.
—Clarita, este es Alex, mi
compañero de trabajo. Saluda, mi amor, por favor.
— Buenos días, señor Alex. Un placer. Me decía la niña mientras se dirigía a mí
con su mano en mi dirección.
—El placer es mío, señorita, y por favor, nada de señor, que me haces
sentir más viejo de lo que soy.
Ambos nos reíamos cuando Zully le preguntó a Clarita: —Mi amor, ¿y tu
hermana?
—
Se está bañando, le respondió la niña. — ¿Puedes decirle
que se apresure, por favor? Alex y yo debemos salir ya pronto.
—
Claro. Respondió Clarita mientras salía de la cocina.
—
Buenos días. Escuché una voz gruesa de hombre decir a
mis espaldas.
—
Buenos días —respondí—,
y al volverme lo vi detenido en la entrada de la cocina, ocupando el marco de
la puerta como si la casa entera le perteneciera y yo no fuera más que una
visita tolerada por accidente. Carlos era un hombre apuesto; no podía negarlo.
Tendría quizás cinco años más que yo, tal vez alguno menos si uno se dejaba
engañar por el esfuerzo evidente con que intentaba mantener a raya el paso del
tiempo. Había en su cuerpo una disciplina casi obstinada, una resistencia
silenciosa contra todo lo que envejece, se cae o se pierde. Pero no fue su
apariencia lo que me inquietó. Fue la forma en que me miró: quieto, sin prisa,
como quien mide a un desconocido antes de decidir si merece permiso para
respirar dentro de su territorio.
—
Saludos —dije,
obligándome a sonreír mientras daba un paso hacia él y extendía la mano. Carlos
no se movió de inmediato. A diferencia de Clarita, que había ofrecido su saludo
con la inocencia de quien no sospecha nada, él esperó. Me dejó avanzar primero.
Me dejó cruzar ese pequeño espacio entre ambos como si quisiera recordarme que,
en aquella casa, cada paso mío existía porque él lo permitía. Era una
advertencia sin levantar la voz, una manera calculada de marcar territorio. Sus
límites estaban allí, invisibles pero firmes, y él acababa de trazarlos frente
a mí. Cuando al fin tomó mi mano, lo hizo con una presión seca, lenta,
demasiado precisa para ser casual. No tuvo que decir nada. En ese apretón había
amenaza, orgullo y una pregunta que ninguno de los dos se atrevió a pronunciar:
¿Cuáles son tus intenciones con mi esposa?
Zully tuvo que haber sentido el ambiente cargado y fue ella quien interrumpió
ese silencio incómodo.
—
Carlos, te puse un recordatorio con una hora de anticipación
en tu calendario todas las tardes para que recojas a las niñas en la escuela.
No te olvides, por favor.
—
Sí. No te preocupes. ¿Y la tarjeta que vamos a usar dónde
está? Le pregunto a Carlos y a Zully; era obvio que la pregunta les incomodaba.
—
¿Qué tarjeta, Carlos? Preguntó ella mientras me miraba
y asimilaba una sonrisa falsa. Era evidente que yo sobraba en esa cocina.
—Eh…
creo que voy a esperarte en el carro —dije, levantándome antes de que aquella
conversación terminara de cerrarse sobre mí—. Tengo que hacer unas llamadas.
Me despedí de Carlos con una inclinación
torpe de cabeza, pero él apenas me miró. Toda su atención seguía puesta en
Zully, como si yo ya hubiera dejado de existir o, peor aún, como si mi
presencia nunca le hubiera importado.
—Ya salgo, Alex
—alcancé a oír que dijo ella.
Pero antes de que yo llegara a la puerta, la
voz de Carlos volvió a llenar la cocina.
—La tarjeta de
crédito, Zully. ¿Cómo se supone que vamos a vivir esta semana mientras tú estás
afuera?
Me detuve. No quise hacerlo, pero me detuve.
Había algo en su tono que no era preocupación. Era reproche. Era una deuda
cobrada en voz alta.
—Carlos —respondió
ella, más bajo, como si intentara no hacer de aquello un espectáculo—, te
recuerdo que no tengo tarjetas de crédito. Tú te encargaste de arruinar mi
crédito.
Hubo un silencio breve. Pesado.
—¿Y cómo supones que
vamos a comer nosotros esta semana? —insistió él, como si no la hubiera
escuchado. Como si escucharla fuera concederle demasiada razón.
—Ya dejé comida
suficiente en la casa. Las niñas saben preparar la cena. Los desayunos están en
la alacena. Ellas pueden almorzar en la escuela. Hizo una pausa.
—Y tú, Carlos… tú
puedes resolver por tu cuenta. La silla de él sonó contra el piso.
—Zully, te recuerdo
que estuvimos de acuerdo en que tú trabajaras afuera toda la semana y que yo
velaría por las niñas. Pero una cosa es ayudar, y otra es que me dejes pasando
trabajo.
Entonces la voz de Zully cambió. Ya no sonaba
cuidadosa. Sonaba cansada. Dolida. Peligrosamente cerca de romperse. —¿Trabajo?
—preguntó ella—. ¿Tú crees que estás pasando trabajo?
Yo seguía de espaldas, con la mano sobre la
puerta, fingiendo que me iba.
—Te recuerdo que quien trabaja fuera de esta
casa soy yo. Quien viene los fines de semana a limpiar, cocinar y dejar todo
listo soy yo. Quien paga esta casa soy yo. Quien compra los útiles de tus hijas
soy yo. Quien se asegura de que no les falte nada soy yo. Su voz tembló, pero
no se quebró.
—Y tú tienes el descaro de decirme que estás
pasando trabajo.
Me quedé inmóvil. Esperando oír una puerta
cerrarse. Un paso. Algo que explicara por qué yo todavía podía escuchar cada
palabra con tanta claridad. Pero la puerta nunca se abrió.
Y entonces entendí algo que me incomodó más
que la discusión misma: yo no me había ido. Seguía allí, escondido detrás de
una cortesía mal fingida, escuchando el derrumbe de un matrimonio que no era
mío. Y, aun así, lo único que podía preguntarme era cómo una mujer como Zully
había terminado al lado de un hombre como Carlos.
— ¡Luna! Escuché a Zully llamar. Y supe que era
hora de salir de allí o me descubrirían.
(siga nuestra página en redes sociales o vuelva a este blog en unos días para seguir la historia mientras es escrita)