How to Update Your Resume So It Actually Gets Seen: A Practical Guide for Job Seekers

 

How to Update Your Resume So It Actually Gets Seen: A Practical Guide for Job Seekers



Losing a job is overwhelming. Between the financial pressure, the emotional weight, and the uncertainty of what comes next, the job search can feel like a second full‑time job. But here’s the truth many job seekers don’t realize:

Your résumé is not written for a human first — it’s written for a machine.

Before a recruiter ever sees your résumé, it must pass through an Applicant Tracking System (ATS). If your résumé isn’t optimized for ATS, it may never reach the person who could hire you.

This guide will help you update your résumé so it bypasses ATS filters and gets into the hands of real decision‑makers.

Start With a Clean, ATS-Friendly Format

ATS systems struggle with:

  • Tables

  • Text boxes

  • Columns

  • Graphics

  • Logos

  • Headers and footers

If your résumé looks “pretty,” it might be invisible to the ATS.

Use a simple structure:

  • Single column

  • Standard fonts (Calibri, Arial, Times New Roman)

  • No images or icons

  • No fancy formatting

Your résumé should be clean, readable, and easy to scan.

Use the Exact Keywords From the Job Description

ATS systems match your résumé to the job description using keywords.

If the job description says:

  • “Practice transformation”

  • “Value-based care”

  • “Workflow optimization”

  • “Provider engagement”

Your résumé must include those exact phrases — naturally, not stuffed.

How to do this:

  1. Copy the job description into a document.

  2. Highlight repeated phrases and required skills.

  3. Add those keywords into your résumé where they genuinely apply.

This alone can increase your ATS match score dramatically.

Rewrite Your Bullet Points for Impact + ATS Clarity

Most job seekers write bullets that describe tasks. ATS and recruiters want results.

Use this formula:

Action Verb + What You Did + How You Did It + Result

Example transformation:

“Responsible for onboarding new clients.” ✔️ “Led client onboarding process by implementing a standardized workflow, reducing onboarding time by 32%.”

Results = keywords + measurable impact = recruiter attention.



Add a Skills Section That Mirrors the Job Posting

ATS systems often scan the Skills section first.

Include:

  • Technical skills

  • Industry-specific skills

  • Software platforms

  • Leadership competencies

Make sure these align with the job description.

Example: Skills: Value-Based Care, Practice Operations, EMR Optimization, Provider Engagement, Workflow Redesign, Change Management, Quality Improvement

Remove Anything That Confuses ATS

Delete:

  • Abbreviations without spelling them out

  • Uncommon job titles

  • Internal company jargon

  • Paragraphs longer than 3 lines

ATS systems read text literally — clarity wins.

Add a Strong Professional Summary

This is your “first impression” for both ATS and recruiters.

Make it:

  • 3–4 lines

  • Keyword-rich

  • Focused on your value

Example:

Professional Summary Operational leader with expertise in value-based care, practice transformation, and workflow optimization. Proven track record of improving provider performance, strengthening quality outcomes, and leading cross-functional teams through data-driven change.

Save Your Résumé in the Right Format

Most ATS systems prefer:

  • .docx

  • PDF (only if the employer accepts it)

If the job posting doesn’t specify, default to .docx.

Bonus: Create a Master Résumé

Instead of rewriting your résumé from scratch for every job:

  • Build a master résumé with all your experience

  • Copy it

  • Tailor the copy to each job description

This saves time and increases your match score.

Final Thoughts

Your next role is not just about your experience — it’s about how well you communicate that experience to the systems that screen you. Updating your résumé with ATS in mind gives you a real advantage, especially in a competitive market.

You deserve to be seen. You deserve to be hired. And with the right résumé strategy, you will be.

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Yo la amo más que tú

 

Yo la amo más que tú



Mis comienzos

 

Dicen que uno no entiende el amor hasta que lo ve convertido en una guerra silenciosa dentro de su propia casa. Yo lo aprendí tarde, cuando ya había elegido a quién defender y a quién traicionar.

En mi casa nunca faltó nada, excepto aquello que no podía comprarse. Había dinero, estudios, prestigio y silencios largos como pasillos oscuros. Desde niño aprendí que el amor podía estar presente en los retratos familiares y aun así no vivir dentro de la casa.

Toda mi vida he tenido lo que he querido. Mi familia, de altos recursos, nunca dudó en concederme mis deseos cuando los comunicaba. Pero con el tiempo entendí que aquella facilidad no era amor, sino una forma elegante de ausencia. Me daban cosas para no tener que dárselas a ellos. Mi mamá, una abogada criminalista que pronto se convertirá en asistente de fiscalía, pasaba sus días entre vistas judiciales y juicios. A veces nos veíamos en las mañanas, ella encerrada en su gimnasio casero, intentando pelear contra el paso de los años y los efectos de la gravedad en su cuerpo. En sus tiempos libres, se refugiaba en algún club de socios, alimentando ese deseo infinito de ser admirada por todos, menos por quienes la esperábamos en casa.

Mi papá, un hombre de muy pocas palabras, llevaba en los ojos una tristeza que parecía no pertenecerle del todo. Era la mirada de alguien rodeado de personas y, aun así, completamente solo; la mirada de quien siempre estaba calculando cuánto faltaba para poder salir corriendo y no regresar jamás. Era psicólogo de adolescentes. A veces creo que ese era su intento desesperado de rescatar a otros jóvenes de la adultez que a él ya lo había devorado. Tal vez quería advertirles que permanecieran inocentes todo el tiempo posible, que no aceleraran el paso del tiempo, porque el tiempo no perdona a nadie y tarde o temprano cobra con intereses los errores cometidos cuando uno todavía no sabe quién es. Su horario de trabajo no era tan exigente; sin embargo, siempre encontraba una excusa para permanecer fuera de casa. Regresaba solo a la hora de dormir, como si su única obligación como padre y esposo fuera demostrar, con su presencia nocturna, que todavía no nos había abandonado por completo.

               Mis padres se casaron muy jóvenes. Mi papá en su último año de su carrera, con unos deseos interminables de trabajar con los niños y ayudarles a manejar sus emociones en un mundo que apenas empezaba a reconocer la psicología como una ciencia y no nada más como una excusa al mal comportamiento de algunos. Para esos tiempos vivía la vida como todo un Casanova, de fiesta en fiesta disfrutando de los años que pronto se irían y nunca más regresarían. Tenía intenciones de conocer a una chica, incluso casarse y crear una familia, pero no muy temprano. Por esos tiempos, prefería, disfrutar de su libertad, de su juventud. Era tiempo de correr, reír, bailar y amar a todas sin comprometer a nadie.

Ella estaba en su segundo año de la escuela de leyes y con un futuro fríamente calculado y altamente planeado para triunfar. El éxito de su carrera la llevaría a conocer a un alto funcionario del gobierno y juntos formarían una pareja de la alta sociedad que todos conocerían como uno de esos matrimonios poderosos que tienen la capacidad de influenciar leyes, dictar futuros y manejar todo a su antojo. Sus días se componían de asistir a sus numerosas clases y de sus tardes de estudio y preparación. Sus noches, si le quedaban energías, salía al cine con alguna que otra compañera de la universidad, pero nunca se le conoció por asistir a fiestas, ni mucho menos a reuniones sociales de la universidad. Su tiempo no lo permitía, ni ella quería ser distraída por el sinnúmero de pasatiempos que pueden encontrarse en esos eventos. Sin embargo, una noche cedió ante la insistencia de sus amigas y accedió a acompañarlas por un rato. Fue allí donde conoció a quien se convertiría en su esposo y luego mi padre.

Una cosa cedió a otra y al final de la noche ambos estuvieron de acuerdo en verse de nuevo. Los próximos cuatro meses estarían llenos de risas, salidas espontáneas y besos y caricias que parecían cada día cargar más sus corazones de amor y sus cuerpos de pasión. Cada cual hizo como pudo para continuar cumpliendo con sus responsabilidades académicas, pero pronto se hizo obvio que el poco tiempo libre en el que ambos coincidían se ocuparía en dar libertad a esa pasión que los arropaba. Con el vaivén de sus cuerpos entraban sábanas y los besos conocidos sobre sus cuerpos pasaban los días, las semanas y perdían la noción del tiempo, de sus planes, de sus futuros. Todo hasta que una visita que usualmente llegaba fielmente todos los meses una vez no lo hizo. Entonces el pánico reemplazó el amor, la ansiedad por lo que sería de ellos ahogó la pasión y ahora les tocaba comprobar lo que ya ambos sabían en lo profundo de sus corazones. Sus futuros incluirían a una tercera persona. Un fruto del amor y los días llenos de pasión.  

Su matrimonio se concretó rápido, pues no había mucho tiempo para planes y cambios de padecer. Ambos continuarían en la universidad; afortunadamente, el bebé tendría su comienzo para el verano después de que él terminara sus estudios. Ella se tomaría el verano para dar la bienvenida al retoño de lo que alguna vez fue un amor marcado por la pasión, pero ahora estaba marcado por el compromiso y la obligación. En el otoño regresaría a clases y él viviría una vida de padre soltero, con esposa ausente, por los próximos dos años.

Finalmente, mi mamá terminó sus estudios, pero nunca terminó de entrar en el papel de madre. Cuando completó los requisitos necesarios, recibió una oferta de trabajo en un bufete de abogados de alto prestigio. Ya no eran los estudios los que la alejaban de mí; ahora eran sus clientes, sus socios y su obsesión por convertirse en fiscal de distrito. Mi papá, por su parte, cumplía sus sueños a medias para poder sostener el papel de padre de la mejor manera que entendía. Pero el resentimiento vivía con nosotros. Estaba en la forma en que ella miraba hacia el futuro, que decía haber perdido por culpa de una familia que nunca estuvo en sus planes. Estaba en la forma en que él me veía a mí: como el obstáculo no deseado entre la libertad que siempre deseó y el mundo restringido de horarios de escuela, clases de natación, citas médicas y todo lo que implica cuidar de alguien que depende totalmente de ti.

Por eso supe desde muy temprano que jamás me permitiría dejarme arrastrar por la pasión como ellos lo hicieron alguna vez. Aprendí que mis emociones debían permanecer bajo llave, obedientes, quietas, lejos de cualquier impulso capaz de destruirme. No traería a nadie al mundo para condenarlo a esa misma hambre que yo conocía tan bien: la necesidad de ser amado, deseado, elegido sin dudas. Yo esperaría. Esperaría hasta encontrar a la persona correcta, esa que me amara sin condiciones ni reservas; alguien capaz de cuidar de mí y a quien yo pudiera cuidar, proteger y mimar hasta que no le quedara espacio para dudar de mi amor. Entonces les demostraría a mis padres lo que era el amor verdadero. Les demostraría que amar bien valía mil veces más que una carrera exitosa o una libertad vivida sin medida. Y si era necesario, haría que el mundo entero lo entendiera también.

Entonces la conocí a ella 

No sabía entonces que una promesa hecha desde el dolor puede parecerse demasiado a una condena. Tampoco sabía que, cuando uno crece mendigando amor, puede confundir la devoción con la necesidad y la entrega con la posesión.

               En contra de los deseos de mi madre, que siempre habló de que me convirtiera en abogado como ella, me convertí en un arquitecto. Mis deseos eran construir casas para que las familias vivieran la felicidad que yo nunca tuve.

               Afortunadamente, mi primera oferta de trabajo llegó poco después de mi graduación y justo como yo lo anhelaba, estaba lejos de la ciudad donde vivían mis padres. Finalmente, llegó la hora de soltar mis culpas por robarles sus futuros tan soñados y perseguir el mío.

               Cuando llegué a New Hope, Pennsylvania, no lo hice pensando en otra cosa más que aprender a vivir solo, con mis sueños y mis demonios de mi infancia, y diseñar las casas que alguna vez serían ocupadas por unas familias que compartirían recuerdos y crearían memorias, las memorias que yo nunca tuve la oportunidad de crear.

               Llegué en el mes de septiembre y para ese tiempo el pueblo estaba vestido de unos colores increíbles. Las hojas de los árboles caían sobre el suelo; como muchas noches, cayeron mis lágrimas sobre la almohada. Llenas de sueños trochados, cargadas de energía, coloridas por el paso del verano y con un último intento de dejar su rastro en la vida marcado por la soledad y la luz de un nuevo día. Nunca había visto algo así; la naturaleza también sufría y les gritaba a todos su dolor sin que nadie le ayudara. Muy pronto me di la tarea de, en mi tiempo libre, pasearme por los parques y tratar de capturar en fotos los cambios de la naturaleza que parecían aceleradamente recordarme que el tiempo no perdona y a nadie libra de su paso.

               En una de esas tardes donde la temperatura parecía bajar más con cada paso que daba por el parque en busca del mejor ángulo de cada árbol, noté una cafetería en la esquina. Anunciaban un delicioso chocolate caliente con sabor a calabaza o manzana y unas tostadas con mantequilla, y aunque nunca había probado la combinación de las dos, parecía que mis huesos fríos y mis piernas ya próximas a congelarse me guiaron casi sin darme cuenta.   Una vez adentro, entendí que, juzgando por la línea frente a la cajera de pedidos, este debía ser verdaderamente un delicioso chocolate caliente.



               La cafetería, Lucy’s coffee Shop, era pequeña, pero popular. Con una vitrina repleta de dulces horneados, perfectos para acompañar un café en una tarde de otoño. Dos mesas en cada lado de la línea para ordenar y una sola puerta de entrada y salida eran todo con lo que contaba esta cafetería. Eso y una larga línea de personas para ordenar que, para mi sorpresa, parecían tener la paciencia de ángeles.  Solo dos personas más y finalmente es mi turno. No sería tan lento el servicio si tuvieran más personal atendiendo, pensé. Pero ¿y dónde? Volví a pensar cuando me di cuenta de que el espacio no permitía más de dos personas detrás del mostrador. Volteando para ver de qué manera pudiera alguien sacarle más provecho a un espacio tan pequeño, mis pensamientos fueron interrumpidos.

               Buenas tardes, ¿qué le puedo ofrecer esta tarde? Entonces la vi. Y por un instante todo el ruido de la cafetería desapareció, como si alguien hubiera cerrado una puerta entre el mundo y mí. Era la mujer más bella que se había cruzado en mi camino. Mayor que yo, seguramente, tal vez por unos diez años, pero eso no importó. Era rubia, con el pelo rizado y corto, cortado de una forma asimétrica que daba la impresión de que su cabeza se inclinaba suavemente hacia un lado aun cuando no lo hacía. Sus ojos claros, escondidos detrás de unos espejuelos, parecían tener la capacidad de atravesar cualquier defensa y llegar directo a lugares que yo llevaba años tratando de mantener cerrados. Sus labios parecían incapaces de unirse, como si sonreír fuera para ella una forma natural de existir. Y yo, que había pasado la vida entrenándome para controlar lo que sentía, entendí en ese momento que todo mi control podía romperse con una sola mirada.

               ¿Caballero, le puedo ayudar en algo? Ante la insistencia de la cajera, recordé por qué estaba allí y pedí mi orden.  Una vez presentada mi orden, tendría que esperar a que la prepararan, y pensé en que con gusto esperaría una eternidad si en ese tiempo me permitieran seguir mirando aquella obra de arte que seguramente Dios esculpió con todo su cuidado. “Zuly”, escuché llamar a la cajera, y ahí estaba ella, levantándose de la silla para aproximarse al mostrador y recoger su orden.  Zuly, su nombre es Zuly, me dije, queriendo que saliera mi orden igual de rápido para poderla acompañar hasta la puerta, siquiera. “Alex”, escuché; finalmente, mi orden estaba lista. Para cuando llegué a la puerta, ya ella había cruzado por ella y, para mi desgracia, se había desaparecido entre la multitud de la tarde.

Esa noche no dormí; me acosté a inventarme una vida con Zuly. Me permití creer en el amor a primera vista, aunque en el fondo tal vez no era amor, sino hambre, una necesidad antigua despertando con otro nombre. Imagínese las miles de maneras en que podía hacerla feliz. Imaginé su risa dentro de una casa diseñada por mí, sus manos sobre una mesa de cocina, su voz llamándome como si yo fuera indispensable. Por primera vez, amar a alguien no me pareció un sueño lejano, sino una misión. Desperté decidido a volver a esa cafetería cuantas veces fuera necesario hasta verla otra vez.

              

Un reencuentro inesperado


 

A la mañana siguiente, de camino al despacho, volví a pasar por la cafetería. Con cada paso hacia aquella esquina, el corazón se me aceleraba, y dentro de mí se levantaban oraciones torpes, desesperadas, dirigidas a un cielo que ni siquiera sabía si me escuchaba. Necesitaba que el universo entero se confabulara a mi favor y me regalara, aunque fuera por unos segundos, la oportunidad de volver a verla. Pero nada. Al entrar, busqué su rostro entre las mesas, junto al mostrador, en cada rincón posible. No había rastro de Zuly. Pedí un chocolate caliente, más por costumbre que por deseo, y seguí hacia la oficina con la misma esperanza rota con la que había entrado.

De camino a mi oficina, noté algunos rostros nuevos en los pasillos, aunque apenas les presté atención. Mi mente seguía atrapada en aquella vida imaginaria que había empezado a construir alrededor de Zuly, como si el simple hecho de pensarla pudiera acercármela otra vez. Ya sentado en mi escritorio, Ricky, mi asistente, entró para avisarme que Bob, mi jefe, había pedido a todos que se reunieran en el salón de conferencias a las 9:00 a. m. Para un anuncio importante. Por un segundo dudé en asistir. Todavía cargaba la decepción de no haberla encontrado en la cafetería, y cualquier obligación del mundo real me parecía una interrupción cruel. Pero no tenía una excusa convincente para evitar la reunión, así que acepté que tuviera que ir. Mientras llegaba la hora, me puse a leer y responder algunos correos electrónicos, con la esperanza de adelantar trabajo o quizá comunicarme con algún cliente antes de enfrentar aquello que, en ese momento, me importaba tan poco.

Justo cuando estaba a punto de terminar una llamada con un cliente, Ricky volvió a aparecer en la puerta para recordarme que ya era hora de dirigirnos al salón de conferencias. Mientras caminábamos, empecé a pensar en alguna manera de pedirle que me rescatara de la reunión si se extendía demasiado; cualquier excusa me parecía mejor que quedarme atrapado allí, fingiendo interés. Entonces, al pasar frente a los cristales del salón, la vi. Allí estaba ella. Zuly. En el mismo lugar al que yo entraba casi por obligación, sentada junto a dos caballeros que no recordaba haber visto antes.

Ricky, dije. ¿Quiénes son? Ni idea, me respondió Ricky. Creo que estamos a punto de averiguarlo —siguió— mientras abría la puerta al salón de conferencias y me apuntaba con la mano, dándome el paso para entrar.

Buenos días, dije a todos, aunque sin quitarle los ojos de encima a ella.

Creo que oí un coro de respuestas a mi saludo, pero no tenía idea de lo que sucedía a mi alrededor mientras mi mirada continuaba fijada en ella y mi mente vagaba por un futuro que ya estaba trazado hasta el punto en el que la muerte nos separaba.

Me procedía a presentarme justo cuando mi jefe Bob entró al salón y dio comienzo a la reunión.

Los he reunido aquí hoy para presentarles nuestro nuevo proyecto", dijo Bob.

Se trata de un nuevo hotel en las afueras de la ciudad —explicó Bob—. Tendrá cuatro pisos y cuarenta habitaciones. Queremos que sea mucho más que un lugar de hospedaje: la idea es convertirlo en un punto de referencia para conferencias, actividades profesionales y retiros religiosos.

 —Alex, cuento contigo como arquitecto principal del proyecto —dijo Bob—. Te presento a José, el maestro de obra que estará a cargo de la construcción. Y él es Luis, quien dirigirá el equipo de diseño.

Bob señaló al hombre sentado al otro lado de Zuly. Yo estreché manos, respondí saludos y asentí con la cabeza como si estuviera presente, aunque en realidad apenas escuchaba. Todo mi mundo se había reducido al espacio que ella ocupaba en aquella mesa.

Entonces Bob se volvió hacia ella.

—Y ella es Zuly, la encargada de coordinar el proyecto.

Extendí la mano hacia ella, y cuando Zuly tomó la mía, sentí que todo cuanto había vivido hasta entonces se detenía para abrirle paso a ese instante. No fue solo el roce de su piel ni la suavidad de sus dedos; fue la certeza inexplicable de que mi mundo, hasta entonces construido con ausencias, acababa de encontrar un lugar donde quedarse. No sabía nada de ella, y quizás por eso mi corazón se atrevió a imaginarlo todo: sus mañanas, sus tristezas, la forma en que sonreiría cuando nadie la estuviera mirando. Mientras su mano descansaba en la mía, entendí que había personas que llegan sin avisar y, aun así, parecen haber sido esperadas toda la vida. Cuando la solté, ya no era el mismo. Algo de mí se había quedado con ella.

Es un placer, Señorita Zuly; solo alcancé a poder decir entre sueños y suspiros entre mí.

Señora, y el placer es mío», respondió ella.

Y así solamente mi mundo forjado por la imaginación parecía desmoronarse. Sabía que era mayor; estaba seguro de que tenía algunos años, incluso, pero nunca pensé si estaba o no casada.

¿Disculpe? Pregunte, en caso de haber escuchado mal, o quizás ella está refiriéndose a otra cosa. Fue cuando entonces lo repitió.

Señora, pues soy casada y dije que el gusto es mío. 

A partir de ese momento creo que se discutieron planos del proyecto, quizás fechas importantes. Pero yo no escuchaba nada. Seguía soñando con una vida que ahora parecía imposible. Aun así, allí permanecimos mientras ella detallaba paso por paso, fecha por fecha, todos los puntos clave del proyecto más importante de mi vida profesional y yo seguía sin la capacidad de poderme concentrar. Así pasaron los minutos que para mí parecían minutos escuchando su voz, pero aparentemente fueron horas, pues Bob anunció la hora del almuerzo. Nos ordenó tomar un receso y regresar en una hora para continuar.

Nos procedíamos a salir del salón de conferencias cuando noté que ella permanecía en él.

¿No sales a almorzar? Pregunté, insistiéndole en que, de no hacerlo, la tarde sería mucho más larga que lo acostumbrado con un estómago vacío.  

No conozco esta zona, así que creo que esperaré a llegar a casa esta noche y cenar, me contestó ella.

Ni se diga, le insistí. Te invito a un pequeño restaurante cerca de aquí que creo que te va a gustar.

Ella accedió y habría invertido todo lo que poseía para que esa hora nunca terminara.

Zuly vivía con su familia a unas horas al norte de nuestra oficina. Por la duración de este proyecto, se hospedaría en uno de los hoteles de la zona y estaría viajando los fines de semana para estar con su familia. Sus dos hijas, ya adolescentes, permanecerían bajo el cuidado de su esposo, aunque Zuly aseguró que sus hijas, ya independientes, se cuidaban solas. Incluso creí sentir el resentimiento en su voz cuando me aseguraba de que, aun a casi tres horas de distancia, podría asegurar que ella estaba más pendiente de las chicas que de su esposo, Carlos, que siempre parece vivir en su mundo aparte, me afirmaba.

Igual que para mí, este proyecto, de ser exitoso, era de gran importancia para la carrera profesional de Zuly, y era importante para ella que todo saliera bien, pues de eso parecía depender su futuro.

Entonces, me pregunto, ¿y tú? ¿Qué hay de ti?
¿Yo? ¿Qué hay de mí? Nada —respondí.
No es justo, insistió ella, y supe que tendría que contarle algo de mí si quería que siguiéramos hablando.

Le conté lo menos que pude de mi infancia y resumí de la manera más pronta posible cómo había terminado en New Hope, sin ganas absolutas de volver jamás al lugar donde nací y me crié.

Ese sería el primero de muchos almuerzos juntos. Algunos acompañados de otros compañeros, otros no, pero siempre terminando cada uno con más ganas de seguir hablando, con más preguntas que respuestas y con esa sensación extraña de que, sin darnos cuenta, estábamos construyendo algo que ninguno de los dos se atrevía todavía a nombrar.

Sin darnos cuenta, aquellos almuerzos empezaron a convertirse en el lugar donde mi vida y la suya se acercaban, despacio, como si algo inevitable estuviera aprendiendo a nacer entre nosotros.

Casi sin darnos cuenta, pasaron los primeros meses y un lunes Zuly no llegó al despacho.

Una llamada atrevida



Le pregunté a Ricky si sabía algo de ella y me indicó que, aunque no tenía conocimiento, podría preguntarle a Maritza, la asistente de Bob, y me avisaría. Esa misma tarde, Ricky se procedía a despedir mientras yo permanecía terminando unos planos en mi oficina, cuando le insistí en saber si había averiguado algo. Fue cuando me informó que, según Maritza, a Zuly se le había presentado un inconveniente a nivel personal y no podría presentarse a trabajar en la oficina, pero estaría accesible remotamente. Perfecto, pensé. Necesito sus datos para contactarla, ya que tengo una información importante que compartirle. Ricky me recordó que podría contactarla en su correo electrónico y que incluso su número de celular corporativo estaba en la parte posterior de su firma electrónica. ¡Qué tonto! Pensé. Tienes razón, le dije. Y tan pronto como salió de mi oficina le escribí un correo preguntándole si todo estaba bien.

Esperé unos minutos su respuesta y, ante mi falta de paciencia, procedí a llamarla al número que ella siempre incluía en su firma electrónica. 
Respondió casi inmediatamente. Tan pronto como no me dejó anticipar bien qué excusa pondría para llamarla a esta hora. Después de todo, eran pasadas las 5p.m. y mi preocupación no tenía nada que ver con el trabajo.
Bueno – la escuché repetir.
Zuly, te habla Alex. ¿Cómo estás? Le pregunté y, mientras decidía qué excusa usaría, opté por la verdad. No te vi hoy en la oficina y decidí enviarte un correo electrónico, pero como ya es tarde, quería asegurarme de que todo está bien antes de que salga de la oficina. Continúe. Y esperé en silencio su respuesta.

Hola, Alex. Estoy bien. Solo que se me presentó una situación inesperada y no puedo hacer el viaje a New Hope. Estaré completando las responsabilidades del proyecto remotamente por el momento y espero poder resolver todo para poder presentarme el lunes y seguir todo como previsto anteriormente. Continuaba ella, mientras yo pensaba que posiblemente podría haber sido lo que le impidiera presentarse en persona, pero le permitiera continuar trabajando remotamente, sin sonar muy intruso, le pregunté si las niñas estaban bien.

Sí, las niñas están bien gracias a Dios. Continúa ella, pero todavía sin concretar la razón por la que no se podría presentar en New Hope.

—¿Hay algo en lo que pueda ayudarte? —Pregunté, aunque en realidad lo que quería decir era que me había hecho falta—. Hoy almorcé solo y descubrí que la comida sabe distinta cuando no estás al otro lado de la mesa. La oficina también se sintió más fría, más grande, más vacía.

Respiré hondo, consciente de que tal vez estaba cruzando una línea que debía respetar.

—Sé que quizá me estoy arriesgando más de lo prudente al decir esto, pero no quería quedarme callado. Si algo te pasa, si algo te preocupa, quisiera saberlo. No porque tenga derecho, sino porque me importas. Porque esos mediodías contigo se han convertido, sin que yo lo planeara, en la parte del día que más espero. Y no quería perder la oportunidad de decirte que tu ausencia se nota... más de lo que debería.

Oí las palabras salir de mi boca y no sabía de dónde salía la valentía para pronunciarlas. Esperé una respuesta por lo que me pareció una eternidad.

—Gracias, Alex. Finalmente dijo. Me alegra que alguien se alegre de mi existencia, pero tengo que recordarte que yo soy una mujer casada y con dos hijas que ocupan todo el tiempo y la energía que me restan.

—Sí, claro. Dije entre alivios y suspiros por haber acumulado la valentía y el coraje de decirle lo que tanto me cargaba el corazón. Pero también lleno de alivio, sabiendo que mi atrevida hazaña no me había costado su amistad. —No quise faltarte el respeto, simplemente te considero una buena amiga y no me perdonaría que necesitaras algo y, pudiendo ayudarte, no lo hiciera. ¿Entonces, cómo te ayudo para que regreses pronto? -Continue.

—Gracias de nuevo, Alex. Mi situación es complicada. Finalmente me dijo.
Carlos, mi esposo se fue de rumba durante el fin de semana y se accidentó en mi carro. Es mi única forma de poder llegar a New Hope.

—Oh, interrumpí. Espero que esté bien.
Sí, sí. Carlos está bien. Ella me dijo y creí escuchar decepción en su respuesta, o posiblemente quise escuchar la decepción en ella.

—El problema es que ahora no tengo cómo llegar a New Hope. Por el momento espero que la aseguranza decida si va a reparar o no mi carro, y poder decidir qué debo hacer, pero mientras tanto debo esperar. Me explicaba ella y podía sentir una mezcla de frustración y desesperación en su voz.

—¿Y por qué no rentas un carro por el momento? Le dije, queriendo servir de ayuda ofreciendo una alternativa que no sé por qué creí que ella no hubiera ya considerado.

—Quisiera, pero no puedo. Mi situación económica no es óptima y mis tarjetas de crédito están restringidas debido a las prácticas desenfrenadas de mi esposo, quien cobra como cocinero y quiere vivir como millonario. Resulta que para rentar un carro debes tener una tarjeta de crédito válida.

Y ahí estaba, definitivamente, en sus palabras había resentimiento y hasta me atrevería a jurar que había rencor. Pensaba mientras ella continuaba. —Créeme, he intentado de todo y espero en los próximos días intentar lo que no he considerado porque la verdad es que no puedo perder este trabajo, Alex.

— ¡Oh, wow! Lo siento. Déjame rentarte un carro. Yo tengo tarjeta de crédito. Dije casi sin pensarlo.

—No. Alex. No podría aceptar que hicieras ese sacrificio. Además, estamos a casi 3 horas de distancia.  Me daría vergüenza ponerte en esa situación. Me dijo.

—Para nada. No sería ningún sacrificio —le aseguré, más rápido de lo que tal vez debía—. Si te parece bien, puedo ir a buscarte. Al final de la semana, cuando tengas que regresar, pasamos por tu carro o resolvemos lo que haga falta. Así puedes volver a casa con Carlos y las niñas el fin de semana, como acostumbras.

Su silencio me indicaba que lo estaba pensando o al menos dudando. Eso significaba que podría ser que tuviera la oportunidad de ayudarla. Ayudarla en una situación de frustración que había creado su esposo.

—Bueno, está bien. Pero por el momento creo que debemos esperar al menos hasta este fin de semana si te parece bien. Así, para el viernes tengo idea de que va a decidir la aseguranza y podremos determinar por cuánto tiempo rentar el carro. ¿Ah, y Alex?

—¿Si? Pregunté con una sonrisa de oreja a oreja.

—El costo de rentar el carro es un préstamo. Te lo devolveré en cuanto la aseguranza me pague por el carro. Si no es así, no puedo acceder. Espero que entiendas que para mí, como mujer casada, aceptar recibir favores de un compañero de trabajo soltero es comprometedor. Si bien es cierto que Carlos y yo no estamos en nuestro mejor momento, yo no soy de esas mujeres. Además, tengo dos señoritas en casa a las que darles un ejemplo de ser una mujer luchadora, honrada y respetable. Por más que Carlos haga de las suyas, mientras sigamos casados, siempre podrá contar con que yo lo respete tanto dentro como fuera del hogar. Necesito que eso quede claro entre nosotros.

Escuchar sus palabras fue como recibir un balde de agua fría, inesperado y necesario. No porque yo hubiera soñado, ni por un segundo, que Zuly olvidaría que era una mujer casada y se permitiría vivir una aventura conmigo. No. Yo ya me había conformado con mucho menos: con escucharla hablar de su familia, con verla sonreír durante una hora al mediodía, cinco veces por semana si la vida se dignaba a concedérmelo. Incluso empezaba a resignarme a la idea de que, si algún día me casaba, no sería con ella.

Pero en ese momento todo cambió.

Sus palabras, lejos de alejarme, me acercaron más. ¿Cómo podía una mujer que había sido aparentemente herida, descuidada y maltratada por quien había jurado amarla y cuidarla seguir dispuesta a respetarlo y honrarlo? ¿Cómo podía conservar tanta dignidad en medio de una humillación que no había provocado?

Cada día me convencía más de que Zuly no era solamente la mujer más bella que se había cruzado en mi camino. Era también la más honrada, la más íntegra, la más digna de mi admiración. Y tal vez eso era lo más peligroso de todo: que ya no la deseaba solo por lo que despertaba en mí, sino por la clase de mujer que era aun cuando nadie la estaba mirando.

    Por supuesto, Zuly. Le alcancé a decir. Por mi parte, nunca te faltaría el respeto ni haría nada que te hiciera sentir mal. Estoy aquí para lo que necesites. Avísame antes del viernes y finalizamos los planes si todavía te parece.

    Muchas gracias una vez más, Alex. En realidad, te agradezco mucho. Que descanses.

    Igual a ti, buenas noches. Conteste. 

Y colgamos.       

Como amante no, como amigo sí

Esa semana fue larga. Mis horas de almuerzo se me hicieron una eternidad ante la ausencia de Zuly. La verdad es que Zuly se había convertido en una parte importante de mi vida. Sin darme cuenta, su presencia hacía mis días de trabajo más interesantes y mis noches llenas de esperanza.

               Sin duda, Zuly se me había atravesado como una espada en el corazón. Solo había un problema.  Zuly no nada más tiene marido; Zuly no tiene intenciones de dejarlo ni, en sus propias palabras, faltarle el respeto.

               Si quería que Zuly permaneciera en mi vida, tendría que conformarme con ser su amigo. Al menos por ahora. Pero entonces, casi sin buscarla, una idea se abrió paso en mi mente. Una idea sencilla. Perfecta. Si funcionaba, tal vez Zuly comenzaría a mirarme de otra manera. Tal vez dejaría de verme solo como un compañero de trabajo.

               Zuly no pensaba dejar a Carlos. Lo dijo con la misma dignidad con la que parecía cargar todas sus derrotas. Y precisamente por eso me pareció todavía más admirable. Otra mujer habría usado la decepción como excusa; ella, en cambio, insistía en respetar a un hombre que no parecía saber cómo respetarla a ella.

Pero yo sí la veía. La escuchaba. Notaba las pausas en su voz, el cansancio detrás de sus palabras, esa manera de defender a Carlos como quien defiende una casa que se está cayendo porque todavía vive dentro de ella.

Entonces comprendí que no necesitaba convencerla de nada. Solo necesitaba convertirme en lo opuesto a él. Si Carlos la hiciera sentirse sola, yo estaría presente. Si Carlos la decepcionaba, yo cumpliría. Si Carlos rompía algo, yo lo arreglaría.

No sería el hombre que destruyera su matrimonio.

Sería el hombre que esperara entre los escombros.

Seguía pensando y planeando cuando Ricky entró a mi oficina y me sorprendió.

_ Alex, tienes una llamada de Zuly en la línea uno. Te recuerdo que en unos diez minutos debe estar llegando el cliente del que te hablé esta mañana, así que no te demores. 

-Si, claro. Gracias, Ricky. Dije mientras levantaba el teléfono y apretaba el botón de la línea uno.
_ Saludos, Zuly. Qué bueno escuchar de ti, ¿cómo estás?

_Alex, estoy bien, gracias. Quería llamarte y avisarte de que la aseguranza decidió que el carro se puede arreglar, pero se demorará unas semanas en poder hacerlo. Entonces, si todavía estás dispuesto a hacerlo, necesitaré tu ayuda.

Esas palabras sonaban como música a mis oídos. Zuly me necesitaba. Ella quería que yo la ayudara, y yo estaría ahí para ella las veces que fuera necesario. 

—Por supuesto, dime, ¿cómo te puedo ayudar?

_     Necesitaría, si es posible, que me pases a recoger el domingo y, si te parece bien, en la semana rentamos el carro para cuando yo necesite regresar a casa.

    Claro, le respondí. ¿A qué hora el domingo te parece que debo estar en tu casa? Y, Zuly, para confirmar, Carlos está al tanto de que yo soy quien te buscará y traerá a New Hope, ¿correcto?

    Sí, él sabe. Me respondió ella y, antes de que preguntara, ella continuó: a él no le molesta y, al contrario, ambos te agradecemos por la ayuda.

    Bien. Dije y pensé dentro de mí: ¿qué tipo de hombre es Carlos? Qué hombre se va de rumba, deja a su esposa sin su único modo de transportación adecuado y, para colmo, cuando otro hombre llega al rescate de ella, se queda cómodo en casa sin problema alguno.

    ¿Segura? Insistí. Mira que yo no quiero causarte ningún problema. A lo mejor había ironía en mis palabras, pero la verdad es que quiero ser para ella una fuente de ayuda y descanso y no causarle más problemas de los que ya Carlos se está asegurando de hacer.

    Segura. Cuando vengas el domingo, lo conocerás y te darás cuenta de que así es. Me respondió, nos despedimos y la llamada quedó suspendida en el silencio de mi oficina como una confesión que nadie había hecho todavía. 

      Honestamente, no me gustaba la idea de conocer a Carlos. Había algo incómodo, casi indecente, en presentarme ante el hombre cuya ausencia me estaba abriendo espacio en la vida de su esposa. No por Carlos, él no me importaba, sino por ella. Pero después de pensarlo unos minutos, entendí que no había otra manera. Si quería estar cerca de Zuly, también tendría que acercarme a la sombra que la mantenía atada. Ella quería demostrarle a él que entre nosotros no había nada de qué preocuparse; entonces yo le daría exactamente eso, tranquilidad. Confianza. La ilusión perfecta de que yo era inofensivo.

      Carlos tendría que verme. Tendría que escuchar mi voz, estrechar mi mano, mirarme a los ojos y convencerse de que yo no representaba ningún peligro. Zuly también necesitaba creerlo. Necesitaba sentir que aceptar mi ayuda no era una traición, sino una solución.

       Y yo podía darles eso.

Podía ser cortés. Podía ser prudente. Podía parecer exactamente el tipo de hombre del que nadie sospecha.

Ninguno de los dos sabía que, para entonces, yo ya había dejado de improvisar. La ayuda era solo la superficie. Debajo, algo más comenzaba a moverse con paciencia.

El domingo conocería a Carlos. Entraría a su casa como un favor, como un amigo, como el hombre amable que solo quería ayudar. Pero si mi idea salía como esperaba, aunque ellos no lo supieran, ese día empezaría a cambiarlo todo.

 


Ese sábado estuvo cargado de emoción. Casi mi corazón no resiste tener que esperar al domingo para ver a Zuly. No solo iba a verla, sino que tendría la oportunidad de por primera vez compartir con ella, a solas, por casi tres horas. Mas si ella me lo permitía.

Temprano el domingo emprendí el camino a su casa y una y otra vez repasé en mi cabeza los temas de los que podríamos hablar. Tres horas parecen largas, pero cuando estás con alguien a quien quieres impresionar no es mucho tiempo. Después de todo, no tengo idea de cuándo pueda tener esta oportunidad otra vez. ¿En qué me enfoco? ¿Trato de sacarle más información sobre ella, su matrimonio, su esposo? ¿Me enfoco en demostrarle cómo soy yo totalmente distinto al hombre que tiene a su lado? Tendría solo tres horas para derribar las fortalezas morales que ella había levantado alrededor de su corazón. Un corazón al que yo quería llegar, al que yo necesitaba acceder.

Por supuesto, podría también hablarle de mí. Contarle mi historia. Contarle de mis propias fortalezas que rodeaban un corazón que, hasta ese momento, había sido incapaz de amar a nadie, por nunca haber recibido amor. Podría decirle que, aunque mi vida parecía perfecta, estaba dispuesto a intercambiar mi perfección y abundancia por ser parte de sus días de caos y escasez. Después de todo, algún día tendría que decirle quién soy. ¿Qué esconde tanta perfección y qué anhela alguien que aparenta tenerlo todo? Podría. Debería. Pero ese día no podía ser hoy. Pensé mientras entraba a la marquesina de la dirección que me había dado Zuly.


La de ella era una pequeña casa Lincoln victoriana blanca con una pequeña marquesina y muy pocos vecinos a su alrededor, a las afueras de Rhode Island. Mientras dudaba si era su casa, me imaginaba a Zuly y su familia repartiendo dulces en las noches de brujas en ese amplio barcón. ¿Cuántas tardes debió haberse sentado a tomar una taza de café con su esposo despidiendo el sol una vez más? Casi brinco cuando ella golpea mi ventana.

Alex, ¿no vas a pasar? ¿Qué esperas tanto aquí? Me pregunto.

Disculpa, Zuly. Estaba asegurándome de que esta era la dirección correcta. ¿Cómo estás? Le pregunté mientras pensaba y la admiraba.

Parecía imposible, pero se veía aún más hermosa de lo que recordaba. Traía vaqueros azules con una blusa blanca que le resaltaba su juventud y figura. Su cabello estaba recogido en una cola de caballo y traía unos aretes que le resaltaban sus mejillas rojizas. Hasta ahora la había visto solo en ropa profesional en la oficina y me parecía una injusticia sujetarla a esos reglamentos que escondían su capacidad de ser jovial y brillante a la vez.

Bien, Alex, ¿qué tal el viaje? Me pregunto mientras yo me disponía a bajarme del auto y ella me guiaba a entrar a su casa.

—Bien. Aburrido… pero no estuvo mal —respondí, aunque apenas escuché mi propia voz.

Zuly abrió la puerta y entré detrás de ella con una cautela extraña, como si estuviera cruzando una frontera que no me correspondía.

La casa era sencilla, sí, pero tenía algo que me desarmó de inmediato. No era lujosa ni perfecta. No pretendía impresionar a nadie. Y quizá por eso dolía más. Todo estaba en su lugar: los cojines acomodados sin rigidez, una manta doblada sobre el sofá, unos zapatos pequeños cerca de la entrada, señales discretas de una vida que se usaba, que se compartía, que respiraba.

La sala de entretenimiento no parecía una exhibición. Parecía haber cumplido su propósito. Allí alguien se había sentado a reír, a discutir qué película ver, a quedarse dormido con la televisión encendida. Allí la vida había ocurrido.

Y eso me golpeó con una fuerza que no esperaba.

—¿Carlos? Niñas, bajen un minuto, por favor, ya me voy —llamó Zuly mientras me guiaba hacia la cocina.

Su voz se movió por la casa con naturalidad, como si conociera cada rincón, como si cada pared le respondiera. Yo la seguí en silencio, sintiéndome de pronto demasiado grande, demasiado ajeno, demasiado consciente de que estaba entrando en un mundo que ya existía sin mí.

Antes de llegar a la cocina pasamos por el comedor. Sobre la mesa todavía quedaban señales del desayuno: una taza mal colocada, migajas cerca de un plato, una servilleta olvidada junto a una silla. Nada extraordinario. Nada digno de envidia, tal vez.

Pero yo me quedé mirando como si hubiera encontrado una escena imposible.

Recordé entonces la mesa de comedor de mi casa. Grande. Costosa. Siempre limpia. Siempre intacta. Una mesa hecha para recibir invitados, no una familia. Una mesa que existía para demostrar que podíamos tenerlo todo, aunque nunca nos sentáramos juntos.

También recordé nuestra sala de entretenimiento, con sus equipos caros, sus muebles impecables, su silencio permanente. No recuerdo una película con mamá. No recuerdo a papá riéndose a mi lado. No recuerdo una noche cualquiera en la que alguien decidiera quedarse conmigo porque sí.

En mi casa había espacios para vivir, pero nadie vivía en ellos.

En la casa de Zuly, en cambio, hasta las migajas parecían pertenecer a alguien.

—Sí, mamá. Se escuchó una voz a mis espaldas mientras entrábamos a la cocina. Zully y yo nos volteábamos a ver de dónde salía la voz cuando oí a Zully responder.

 —Clarita, este es Alex, mi compañero de trabajo. Saluda, mi amor, por favor.
— Buenos días, señor Alex. Un placer. Me decía la niña mientras se dirigía a mí con su mano en mi dirección.

—El placer es mío, señorita, y por favor, nada de señor, que me haces sentir más viejo de lo que soy.

Ambos nos reíamos cuando Zully le preguntó a Clarita: —Mi amor, ¿y tu hermana?

    Se está bañando, le respondió la niña. — ¿Puedes decirle que se apresure, por favor? Alex y yo debemos salir ya pronto.

    Claro. Respondió Clarita mientras salía de la cocina.

    Buenos días. Escuché una voz gruesa de hombre decir a mis espaldas.

    Buenos días —respondí—, y al volverme lo vi detenido en la entrada de la cocina, ocupando el marco de la puerta como si la casa entera le perteneciera y yo no fuera más que una visita tolerada por accidente. Carlos era un hombre apuesto; no podía negarlo. Tendría quizás cinco años más que yo, tal vez alguno menos si uno se dejaba engañar por el esfuerzo evidente con que intentaba mantener a raya el paso del tiempo. Había en su cuerpo una disciplina casi obstinada, una resistencia silenciosa contra todo lo que envejece, se cae o se pierde. Pero no fue su apariencia lo que me inquietó. Fue la forma en que me miró: quieto, sin prisa, como quien mide a un desconocido antes de decidir si merece permiso para respirar dentro de su territorio.

    Saludos —dije, obligándome a sonreír mientras daba un paso hacia él y extendía la mano. Carlos no se movió de inmediato. A diferencia de Clarita, que había ofrecido su saludo con la inocencia de quien no sospecha nada, él esperó. Me dejó avanzar primero. Me dejó cruzar ese pequeño espacio entre ambos como si quisiera recordarme que, en aquella casa, cada paso mío existía porque él lo permitía. Era una advertencia sin levantar la voz, una manera calculada de marcar territorio. Sus límites estaban allí, invisibles pero firmes, y él acababa de trazarlos frente a mí. Cuando al fin tomó mi mano, lo hizo con una presión seca, lenta, demasiado precisa para ser casual. No tuvo que decir nada. En ese apretón había amenaza, orgullo y una pregunta que ninguno de los dos se atrevió a pronunciar: ¿Cuáles son tus intenciones con mi esposa?

Zully tuvo que haber sentido el ambiente cargado y fue ella quien interrumpió ese silencio incómodo.

    Carlos, te puse un recordatorio con una hora de anticipación en tu calendario todas las tardes para que recojas a las niñas en la escuela. No te olvides, por favor.

    Sí. No te preocupes. ¿Y la tarjeta que vamos a usar dónde está? Le pregunto a Carlos y a Zully; era obvio que la pregunta les incomodaba.

    ¿Qué tarjeta, Carlos? Preguntó ella mientras me miraba y asimilaba una sonrisa falsa. Era evidente que yo sobraba en esa cocina.

—Eh… creo que voy a esperarte en el carro —dije, levantándome antes de que aquella conversación terminara de cerrarse sobre mí—. Tengo que hacer unas llamadas.

Me despedí de Carlos con una inclinación torpe de cabeza, pero él apenas me miró. Toda su atención seguía puesta en Zully, como si yo ya hubiera dejado de existir o, peor aún, como si mi presencia nunca le hubiera importado.

—Ya salgo, Alex —alcancé a oír que dijo ella.

Pero antes de que yo llegara a la puerta, la voz de Carlos volvió a llenar la cocina.

—La tarjeta de crédito, Zully. ¿Cómo se supone que vamos a vivir esta semana mientras tú estás afuera?

Me detuve. No quise hacerlo, pero me detuve. Había algo en su tono que no era preocupación. Era reproche. Era una deuda cobrada en voz alta.

—Carlos —respondió ella, más bajo, como si intentara no hacer de aquello un espectáculo—, te recuerdo que no tengo tarjetas de crédito. Tú te encargaste de arruinar mi crédito.

Hubo un silencio breve. Pesado.

—¿Y cómo supones que vamos a comer nosotros esta semana? —insistió él, como si no la hubiera escuchado. Como si escucharla fuera concederle demasiada razón.

—Ya dejé comida suficiente en la casa. Las niñas saben preparar la cena. Los desayunos están en la alacena. Ellas pueden almorzar en la escuela. Hizo una pausa.

—Y tú, Carlos… tú puedes resolver por tu cuenta. La silla de él sonó contra el piso.

—Zully, te recuerdo que estuvimos de acuerdo en que tú trabajaras afuera toda la semana y que yo velaría por las niñas. Pero una cosa es ayudar, y otra es que me dejes pasando trabajo.

Entonces la voz de Zully cambió. Ya no sonaba cuidadosa. Sonaba cansada. Dolida. Peligrosamente cerca de romperse. —¿Trabajo? —preguntó ella—. ¿Tú crees que estás pasando trabajo?

Yo seguía de espaldas, con la mano sobre la puerta, fingiendo que me iba.

—Te recuerdo que quien trabaja fuera de esta casa soy yo. Quien viene los fines de semana a limpiar, cocinar y dejar todo listo soy yo. Quien paga esta casa soy yo. Quien compra los útiles de tus hijas soy yo. Quien se asegura de que no les falte nada soy yo. Su voz tembló, pero no se quebró.

—Y tú tienes el descaro de decirme que estás pasando trabajo.

Me quedé inmóvil. Esperando oír una puerta cerrarse. Un paso. Algo que explicara por qué yo todavía podía escuchar cada palabra con tanta claridad. Pero la puerta nunca se abrió.

Y entonces entendí algo que me incomodó más que la discusión misma: yo no me había ido. Seguía allí, escondido detrás de una cortesía mal fingida, escuchando el derrumbe de un matrimonio que no era mío. Y, aun así, lo único que podía preguntarme era cómo una mujer como Zully había terminado al lado de un hombre como Carlos.

    ¡Luna! Escuché a Zully llamar. Y supe que era hora de salir de allí o me descubrirían. 

 


(siga nuestra página en redes sociales o vuelva a este blog en unos días para seguir la historia mientras es escrita)

Breaking Barriers, Not Boundaries: Women in Business and the Harassment We Still Face

 I decided to write this blog despite the risk of losing some clients or discouraging prospects, which could be catastrophic for my business. 

Women have never been more visible in leadership, entrepreneurship, and consulting than we are today, and for that, I am grateful— yet visibility often comes with a cost. Behind the polished professionalism, the strategic thinking, and the long hours we invest in our businesses, many of us quietly endure a reality that rarely makes it into boardroom conversations: harassment.

I know it should not be happening in 2026, but it does. Maybe not the butt-grabbing, shoulder-rubbing harassment, but while the form might have changed, it's still happening.

Not the dramatic, headline‑grabbing kind. The subtle kind. The digital kind. The “I thought this was a business conversation” kind.

As women in business, we navigate these moments with grace, but the truth is simple — we shouldn’t have to.

Harassment in business isn’t limited to workplaces or corporate offices. It happens in consulting, entrepreneurship, healthcare partnerships, and client relationships. It shows up in:

  • Inappropriate comments disguised as compliments

  • Unwanted personal questions

  • Sexualized messages sent under the guise of “professional follow‑up”

  • Clients who cross boundaries because they assume women are more accessible or less likely to push back

These experiences are not isolated. According to the EEOC, over 75% of workplace harassment incidents go unreported, especially when women fear losing business, damaging relationships, or being labeled “difficult.”

For consultants and business owners, the stakes feel even higher — because every client interaction matters.

 


Harassment isn’t just uncomfortable. It’s disruptive.

It affects how we show up in our work, how safe we feel communicating with clients, and how much emotional labor we carry while still performing at a high level. It forces us to create mental filters — constantly evaluating whether a message is professional or something else entirely.

And when inappropriate messages come from clients, the impact is even sharper. We’re expected to maintain professionalism while someone else abandons it.

This is not just a women’s issue. It’s a business issue. A culture issue. A respect issue.

Why Boundaries Are a Form of Leadership

Setting boundaries is not about being harsh — it’s about protecting the integrity of our work.

Women in consulting and leadership roles often feel pressure to “be nice,” “stay accommodating,” or “avoid conflict.” But boundaries are not conflict. Boundaries are clarity.

They communicate:

  • This is a professional relationship.

  • This is the standard of respect required to work with me.

  • This is how we maintain a safe, productive environment for everyone.

When women enforce boundaries, we elevate the entire industry.




A Call to Action for Every Reader

If you are a woman in business: You are not alone. Your experiences are valid. Your boundaries are necessary.

If you are a client, partner, or colleague: Respect is the foundation of every successful professional relationship. Honor it.

If you are a leader: Create environments where women don’t have to choose between professionalism and personal safety, or even comfort for that matter.

We are breaking barriers every day. We refuse to let harassment be one of them.







Poor Workflow Designs Can Cost You More than Productivity

 

The Hidden Costs of Poor Workflow Design — And How Small Fixes Transform Productivity

In every organization — from small businesses to medical practices — productivity is shaped by one core element: workflow design. When workflows are unclear, outdated, or inconsistent, teams lose time, customers lose confidence, and leaders lose visibility. The challenge is that most organizations don’t realize how much these inefficiencies cost them every single day.

The good news? Small, strategic adjustments can transform productivity almost immediately.



The Silent Productivity Drain

Poor workflow design rarely announces itself. It shows up quietly in the form of:

  • Repeated mistakes

  • Staff asking the same questions over and over

  • Delays caused by missing information

  • Customer frustration from slow or inconsistent service

  • Employees feeling overwhelmed or burnt out

  • Unclear expectations

Most leaders assume these issues are “normal.” In reality, they are symptoms of workflows that were never intentionally designed — they simply evolved over time.

A single unclear process can cost an organization hours each week, customer satisfaction, and employee engagement, especially when multiple people rely on it.

Five Workflow Problems That Hurt Organizations the Most

Across industries, we consistently see the same issues:

  • Unclear roles and responsibilities, and therefore unclear expectations When ownership isn’t defined, tasks fall through the cracks or get duplicated.

  • No standardized documentation Teams rely on memory instead of clear instructions, leading to inconsistency or members working in silos.

  • Over‑reliance on verbal communication Verbal instructions get forgotten, misunderstood, or changed unintentionally.

  • Inefficient communication channels Using the wrong tools (or too many tools) slows everything down.

  • Technology underused or misused Systems exist, but staff aren’t trained, or workflows don’t match the tools.

These problems compound over time, creating frustration and costing organizations money.

Small Fixes, Big Results

The most powerful part of workflow optimization is that small improvements create a big impact. For example:

  • A simple, improved check-in process can improve patient wait times.

  • A bilingual script can eliminate confusion and improve service accuracy.

  • A standardized checklist can prevent repeated errors.

  • A workflow map can reveal bottlenecks leaders didn’t know existed.

  • A spaghetti diagram can help you see duplications and wasted steps in your current process.

These changes don’t require major restructuring — just intentional design.



A Quick 3‑Step Workflow Diagnostic You Can Try This Week

If you want to identify your biggest workflow gaps, start here:

  1. Choose one recurring task that causes frustration or delay.

  2. Write down every step involved, from start to finish.

  3. Circle any step that causes confusion, rework, or waiting.

If you circle more than three steps, that workflow is costing you time, money, and morale.

When It’s Time to Bring in a Consultant

Workflow issues often feel overwhelming because leaders are busy running the day‑to‑day operations. That’s where LS Consulting Services steps in.

You should consider professional support when:

  • Your team is too busy to redesign processes

  • Compliance or documentation is involved

  • You serve bilingual communities and need clear, inclusive communication

  • You want measurable improvements, not guesswork

  • You’re preparing for growth and need scalable systems

  • You've attempted and failed to fix the issue before.

Our approach is structured, practical, and tailored to your organization’s unique needs.

Final Thoughts

Workflow design isn’t just about efficiency — it’s about creating an environment where your team can thrive, your customers feel confident, and your operations run smoothly. When workflows are clear, everything else becomes easier.

If your organization is ready to eliminate bottlenecks and operate with clarity, LS Consulting Services can help you build workflows that save time, reduce stress, and elevate your customer experience.

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